Cuarentennials
Por Pato Romero
Ensayo

Nueva normalidad, teletrabajo, influencers y vivos de Instagram, K-popers y boicots, redes sociales como Tik-Tok, militancias “sociales”, oportunidades dispares. ¿Cómo será el sujetx político de la pos pandemia?

Opiniones sobre el futuro de la humanidad sobran. Desde pensadores como Paul Preciado, con su mirada perforante sobre las nuevas fronteras, pasando por divulgadores como Darío Z, con discursos más pesimistas sobre el cambio de paradigma. Nadie tiene real certeza de cómo saldremos a flote, o si ya estamos viviendo el mañana.

En el libro “Cinismos: retrato de los filósofos llamados perros”, el filósofo francés Michel Onfray caracteriza al cínico como un particular tipo de sabio con aptitud singular para inventar nuevas posibilidades de vida que contrastan con las que ofrecen el hábito y la convención: otra filosofía de existencia y un tipo de expresión disruptivo. Nietzsche habla de Superhombre, Diógenes de “almas fuertes”. Aunque es verdad que hace falta una fuerza vital que empuje para adelante en esta contemporaneidad trastornada, aquí vamos a proponer la idea de “cuarentennial”.

El superhombre de este siglo debe dejar atrás la terminación –hombre. El sujeto postpandemia deberá ser, ante todo, feminista y cínique. El cínique se esfuerza por construir una manera diferente de ser en el mundo o, como explica Michel Onfray, subvierte la retórica clásica. Es decir, deconstruye. El cuarentennial post pandemicus deberá encontrar la rebeldía, porque la soledad ya lo tomó por sorpresa.

Nueva York, Estados Unidos: personas practicando el distanciamiento social en círculos blancos en Domino Park, distrito de Brooklyn – AFP

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Partamos de la base desigual con relación al trabajo en que nos encontró la cuarentena, en la que muchos sectores ni siquiera notaron el cambio de vida más allá de la imposibilidad de una salida recreativa o el uso del barbijo para ir de compras. La estructura previa ya estaba adaptada, en muchos casos, para recibir el aislamiento con los brazos abiertos. Las posibilidades profesionales y técnicas de algunos rubros disfrutaban en marzo de una suerte de cuarentena freelance, lo que produjo un nuevo discurso meritocrático aún no analizado en profundidad.

No me refiero con esto solamente a la desigualdad socioeconómica entre sectores con mayor espalda para soportar un período de inactividad, frente a los que deben salir a ganarse la vida día a día. Me refiero a la disparidad dentro de cada sector, especialmente entre aquellos que comparten niveles socioeconómicos medios. Tampoco pretendo desmerecer la capacidad y el esfuerzo de aquellos que continúan trabajando durante horas frente a la computadora planificando clases, programando, traduciendo, escribiendo, etc. No, no es una crítica hacia ellos. Es una mirada piadosa hacia los otros, los que vivían del vivo, del cara a cara, de subirse a escenarios, de hacer blogs de viajes, de trabajos temporales (semi-informales), los que trabajaban en lugares de esparcimiento como Tecnópolis y hasta el que tiene una calesita en la plaza del barrio. Muchos de ellos no se han podido resignificar a sí mismos, me atrevo a sugerir que la gran mayoría.

Hay actividades que soportan el traspaso a lo virtual, pero no todas. Y, al mismo tiempo, a través de redes como Instagram, muches usuaries se vanaglorian con historias de superación, victoriosos ante el encierro, demostrando que “si querés, podés”, pero no siempre es así. Los vivos en Instagram o en Facebook solo les funcionan a les celebrities, a les influencers o a quienes tengan suficientes seguidores como para hacerlos redituables. Hacer stand up a través del canal de YouTube, cómo contaba Lucas Lauriente en el programa Crónica Anunciada por Futurock, se hace muy difícil ante la falta de público, de risas, del vivo. Además, hay un factor que a veces no se considera: no todes estamos preparades o tenemos la capacidad de reinventarnos para producir desde casa. Y no hay nada de malo en eso.

El aislamiento, está claro, es la única manera de contener esta pandemia; no vengo a negarlo. Pero sí voy a pelearme con este discurso de resiliencia, optimista, casi enajenado que nos vendemos por las redes. Basta de obligar a todes a adaptarse a esta nueva normalidad. Los que mejor se adaptaron son les que ya tenían el quincho más o menos armado. Esto fue sólo el impulso final. Los que siempre se manejaron vía online, como programadores y comunicadores, y los que viajaban horas para sentarse delante de una computadora, cuando lo podían hacer tranquilamente desde sus casas, no notaron el impacto. Los demás, estamos a la deriva.

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Otro análisis permite la coyuntura. Este período de largo encierro que seguimos atravesando está siendo utilizado por muches para hacer un mea culpa del actuar cotidiano.

Desde la comunicación más habitual, hasta las actitudes más arraigadas, deben ser puestas en tela de juicio para consolidar el paso hacia el sujetx cuarentennial postpandemicus. Para alcanzar el poder sobre sí, Diógenes proponía una técnica sencilla que consistía en reprocharse con idéntica intensidad a uno mismo aquello que, con tanto ardor, le reprochamos a los demás.

La primera tarea es la purificación, deshacerse de los propios defectos. Pero, en este punto, hemos llegado a una encrucijada ¿Seremos capaces de dejar atrás nuestros miedos, prejuicios, la violencia simbólica y física, el sentido común, como un reptil deja atrás la piel que lo envuelve, ya obsoleta, que solo le representa un lastre en su cuerpo? Porque todo aquello que venimos cargando desde hace siglos es, en definitiva, un peso muerto; una mochila sobre los hombros que nos ralentiza el paso firme hacia una nueva humanidad.

Este punto nodal en la historia de la humanidad tiene que sortearse con valor y obstinación. ¿Tendremos coraje para saltar al vacío, o nos dominará el miedo? Los cínicos valoraban esa voluntad destructiva; la creencia en la catástrofe, en la etimología de apocalipsis como cambio de era. Asumir la responsabilidad de hacer estallar la injusticia. En palabras de Zaratustra, “quien quiera ser un creador en el dominio del bien y del mal debe ser primero un destructor y quebrantar los valores”. Porque los valores que nos empujan en el momento en que escribo estas líneas, esos valores cristianos, capitalistas, acumulativos, patriarcales, individualistas, monogámicos, defensores de una supuesta “normalidad” inmutable y eterna; está claro que nos tienen presos de la infelicidad y la desigualdad.

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Existen al menos seis variantes de lo que sucederá en el futuro inmediato, enumera Rita Segato en su texto “Coronavirus: todos somos mortales. Del significante vacío a la naturaleza abierta de la historia”. Me interesa la palabra “abierta” en relación a la historia, ya que nos ayuda a posicionarnos ante las miradas “neuróticas de Occidente en su empeño de encuadrar la historia en un rumbo previsible”, como menciona la antropóloga. Esta pandemia vino a darnos el cachetazo de fragilidad de la existencia misma. El futuro como una paleta de posibilidades, abierto, se posiciona frente al capital, ante la idea de productividad planificada.

Al mismo tiempo, es equivocado pensar que habrá un momento en el que esto termine y comience una nueva etapa. Estamos viviendo el mundo del mañana o, como diría el Indio, “el futuro ya llegó”. Las relaciones que se dan hoy son las que permanecerán, y pensar que es mejor esperar a que pase la tormenta para volver a la vida normal es quedarse anclado nostálgicamente a un pretérito que ya pasó. Las posibilidades que se abren son los movimientos que ya están en vigor.

La postura cínica tomaría el camino de eso que Segato llama “Estado materno”; una mirada comunal del mundo, de reciprocidad y ayuda mutua en pos de la felicidad y realización de todos. Un proyecto histórico de vínculos donde se recupere la politicidad de lo doméstico, porque como bien dice el lema feminista, lo personal es político. Gestionar deberá ser sinónimo de cuidar; pero no los intereses patriarcales, burocráticos y coloniales, sino las singularidades que forman el significante (vacío) del pueblo.

El sujetx postpandemicus deberá ser un sujetx político. El alejamiento de la política institucional de gran parte de la sociedad genera efectos alienantes y prepara el terreno fértil para el cultivo de ideas-marketing de los conglomerados mediáticos. El cuarentennial no solo deberá estar informado, sino que tendrá que generar el salto proactivo hacia la movilización, desde el medio que le sea posible.

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El presidente norteamericano, Donald Trump, en el acto que realizó el 20 de junio en Tulsa, Oklahoma.

Hemos visto en las últimas semanas muestras de cómo la protesta política, a través de ciertas redes sociales, puede generar un impacto “tangible” en la realidad. Un claro ejemplo es el fallido acto de campaña de Donald Trump que se realizó el 20 de junio en Tulsa, Oklahoma, al que asistieron alrededor de 12 mil personas, cuando las redes del presidente norteamericano habían pronosticado más de 100 mil. El boicot fue provocado por influencers de la app china Tik Tok, especialmente por varios Kpopers críticos con el mandatario. La actividad en redes se volvió tan importante como las movilizaciones físicas y, en la coyuntura actual atravesada por el distanciamiento necesario y obligatorio, es la mayor herramienta que disponemos las personas de a pie para hacer política.

El ejercicio político, asimismo, deberá ser la vestimenta con la que salimos a la calle cada día. Hacer notar al vecino cuando se exprese de manera sexista, no dejar pasar por alto una actitud violenta, y realizar el ejercicio de auto revisión sobre las actitudes que llevamos impresas en la piel. “Sería un error contradecir a un contradictor para reducirlo al silencio: antes bien conviene ilustrarlo”, señala Estobeo, según Onfray.

El cuarentennial deberá producir discursos más amplios, de amor hacia el prójimo y de comprensión de las oportunidades desiguales. La actitud revisionista debe ser constante y severa, aunque nos lleve a sufrir estigmatización o distanciamiento de aquellxs a los que somos cercanxs. El ser postpandemicus debe, si quiere sobrevivir socialmente en el mundo que nos espera, enfrentarse a los fantasmas de la lengua.

Kpopers: El fenómeno pop coreano que logró hackear a la policía de Dallas, Estados Unidos.

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Los cínicos de hace más de 22 siglos, gustosos de provocar, escogieron el método poético por sobre el matemático, cuyo mayor representante contemporáneo era Platón. Una metodología de lo perentorio y lo poético, de la intuición y del entusiasmo. El nuevo ser que surja de las cenizas de esta pandemia-cuarentena emergerá artista, observador, amante de las expresiones singulares y dejará atrás la visión de mundo productivista, donde cada segundo de vida está regulado por la generación de ganancia.

Vivimos una economía de la vida; aún encerrados seguimos al servicio del sistema de producción. Producción de bienes comercializables, de aprovechamiento del tiempo para hacer gimnasia, para hacer un curso online, para comercializar el cuerpo en las redes sociales, para limpiar, acomodar, reordenar, planificar, respetar las horas de sueño y comidas ¿Seguimos respetando horarios porque pensamos que lo necesitamos, o porque, simplemente, es la forma “normal” de vivir?

Hamlet, al ver al fantasma de su padre, exclama: “el tiempo está fuera de quicio”. Hoy perdió sentido la sensación del tiempo (¿alguna vez, metafísicamente hablando, lo tuvo?) y eso nos desboca, nos angustia. Pero, peor aún, es tratar de hacer como si nada hubiera implotado. El ser-autómata, enajenado, se aleja del arte, rechaza lo bello, no puede encantar ni ser embelesado. El nuevo humano postpandemicus no soñará con tiempo de arte. Lo vivirá como propio, junto a su trabajo y a su nueva normalidad.