#17A Y ANTICUARENTENASCapitalismo, ultraderecha y la pregunta que retorna
Por Agustín Rodríguez Uria
Ensayo

Las últimas movilizaciones por parte de la derecha reflejan un envalentonamiento que las impulsa a ocupar el espacio público. Bajo qué contexto global y qué repercusiones tienen en el escenario político nacional son unos de los ejes sobre los que reflexiona Agustín Rodríguez.

El pasado 17 de agosto fuimos testigos de una nueva movilización reaccionaria en nuestro país. Innumerables imágenes de la misma recorrieron las redes sociales, mostrando una multiplicidad de consignas neofascistas que, desde el “campo popular”, son observadas con una mezcla de indignación, de tristeza y/o simplemente de burla. En efecto, las características y las consigas de las recurrentes movilizaciones son extravagantes y caricaturescas pero, a su vez, profundamente dañinas para el tejido social. La complejidad del fenómeno nos obliga a abandonar explicaciones facilistas o meramente coyunturales. Comprender por qué una parte significativa de la sociedad se “ultraderechiza” y se moviliza frente a “la amenaza comunista del gobierno” nos obliga a reconstruir profundas tendencias históricas.

En primer lugar, es fundamental identificar las características del tiempo histórico del capitalismo que nos toca vivir, es decir, del capitalismo en su etapa posfordista genéricamente conocida como “neoliberal”. Esta definición es un punto de partida innegociable: el neoliberalismo no es simplemente un modelo cultural, ni un conjunto de determinadas políticas públicas pro-mercado, sino que es un modo de acumulación del capitalismo, un periodo del mismo que abarca -al menos- los últimos 40 años en todo el mundo.

Las características básicas de este tiempo son ampliamente conocidas, razón por la cual nos limitaremos a desarrollar brevemente algunos elementos que se vinculan con el fenómeno de las ultraderechas.

En lo económico, las ultimas décadas estuvieron signadas por la desregulación permanente del mercado laboral, la transformación de las funciones del estado -privatizando el bienestar social y apareciendo meramente para garantizar el dominio de los sectores dominantes (“socializar las pérdidas y privatizar las ganancias”)- y la financiarización del mundo hasta niveles obscenos.

Las consecuencias políticas de este proceso dan como resultado lo que Chantal Mouffe denominó como posdemocracia: un mundo en donde se pretende que la democracia quede reducida a un mero procedimiento electoral. Una democracia conducida por una élite tecnocrática de “extremo centro”, en donde el voto popular decide prácticamente nada y el verdadero poder decisorio se encuentra en los organismos del Capital financiero internacional (FMI, Banco mundial, Troika, Wall Street, etc.).

En sus aspectos ideológicos-culturales se destaca el despliegue de la lógica empresarial como la lógica privilegiada del lazo social: la construcción de sujetos reducidos a ser “sujetos empresarios de si mismos” lanzados a su autovalorización permanente para competir entre sí en el mercado laboral. Esta lógica se entrelaza profundamente con toda la parafernalia ideológica de Silicón Valley (aquel enclave californiano en donde se concentran las principales empresas del capitalismo digital: Facebook, Google, etc.): la empresa se presenta ahora como un espacio amigable, horizontal, que libera el potencial creativo de los trabajadores. En este sentido, el capitalismo asumió un cierto multiculturalismo liberal -un establishment cosmopolita y tolerante- que recogió el compromiso de integrar parcialmente las demandas libertarias de los diferentes movimientos sociales de la década del 60 (liberación sexual, antirracismo, etc.). En todo caso, el objetivo fue eliminar los “grandes relatos” de transformación profunda (el marxismo, los nacionalismos populares del siglo xx, etc.) que, en efecto, durante algunos años quedaron prácticamente reducidos a ser folclorismos nostálgicos y anacrónicos frente a un mundo donde el capitalismo había triunfado.

Posdemocracia, instituciones públicas cooptadas por las élites, financiarización del mundo y una ideología cosmopolita, new age y emprendedurista. Todo aquello es ya muy conocido. Los resultados de 40 años de este modelo de acumulación global también: hiperconcentración de la riqueza (con la distribución más desigual de la historia de la humanidad), crisis energética y medioambiental, proliferación de guerras -ya sin declaraciones institucionales, sin principio ni final- en diferentes regiones de las periferias globales, crisis migratorias y millones de personas excluidas estructuralmente del mercado laboral. En definitiva, se trata de una etapa del capitalismo en la cual las “crisis” ya no suponen una excepción, sino el modo habitual de su existencia y acumulación.

La (ultra)derecha y la hipótesis paranoica

Con este recorrido lo que queremos remarcar es que la ultraderecha, y la (re)emergencia del fascismo a nivel global, es una consecuencia directa de la implosión que el neoliberalismo viene sufriendo desde hace más de una década. Al menos desde la crisis del 2008, el neoliberalismo no logró nunca recuperar plenamente la legitimidad política, cultural y social con la que contó durante las décadas precedentes. El estado de “crisis permanente” que supone la vida posmoderna (con individuos aislados y atomizados sin sentido último en la vida más que el mandato permanente al consumo, narcotizados por el flujo incesante de información, indefensos ante los vaivenes económicos del sistema, con vidas precarizadas hasta la médula y frente a sistemas políticos que funcionan como un mero apéndice de Capital) ha sido el caldo de cultivo indispensable para la ultraderecha. El rechazo a la “clase política” y el nacionalismo xenófobo de los países centrales, por ejemplo, sólo resultan inteligibles desde estas coordenadas históricas.

Sobre esta base, nos interesa señalar tres novedades históricas relevantes:

1- La (ultra)derecha hoy ocupa la calle mientras que los sectores progresistas se retraen defensivamente. La ocupación del espacio público de parte de los sectores reaccionarios es una novedad histórica del capitalismo que no se observaba quizás desde la década del 1930 del siglo pasado, cuyas similitudes con el momento actual son evidentes.

2- La “transgresión” al sistema hoy está, al menos discursivamente, en las posturas más reaccionarias. Se trata de un fenómeno delicado. Para comprender cómo posturas tradicionales y “conservadoras” hoy son interpretadas como algo “contracultural”, es indispensable remarcar que ha sido el propio neoliberalismo quien ha barrido con todas las instituciones que antaño ordenaban la vida colectiva: estado, sindicatos, iglesia, escuela e incluso la familia tradicional patriarcal. Desde hace décadas, la flexibilización de todos los lazos sociales es el motor del desarrollo del propio neoliberalismo, acompañado por la “corrección política” de sus elites cosmopolitas: el Capital ya no nos precisa culturalmente tradicionales ni trabajando en la misma fabrica durante toda la vida, sino al contrario, hace de la multiplicación rizomática de identidades su principal factor de acumulación. Hace muchos años que la “corrección política” de las elites acepta la diversidad sexual, promociona la separación ecosustentable de residuos, el antirracismo, etc.

Contra este fenómeno es que emergen teorías como la de Agustin Laje: “las élites progres dominan el mundo”, “el marxismo cultural triunfa silenciosamente”. Se trata de una reacción conservadora y restauracionista frente a la implosión de las antiguas certezas estructurantes de la vida social. La paradoja es que buena parte de estos procesos son lógicamente revindicados por los movimientos sociales, dado que constituyen un dato positivo de la realidad histórica (es evidentemente progresivo el hecho de que, por ejemplo, la homosexualidad tienda a dejar de ser un tabú, que se desmorone la figura del jefe de familia tradicional, etc.). Esta es la paradoja nodal que permite hoy que los grupos reaccionarios se imagen a sí mismos como “transgresores”.

Por otro lado, este fenómeno global se cruza en un nuestro país con los “jóvenes libertarios” alineados detrás de economistas mediáticos de matriz ultra monetarista. Aquí la “transgresión” es frente a otra dimensión de la “corrección política” más vinculada a nuestras latitudes: en este caso habría una clase política corrupta y demagógica, siempre “pseudo populista”, que necesita de los pobres para reproducirse a sí misma, por lo cual los mantiene prebendariamente con “nuestros impuestos”. En definitiva, se trata de un cruce entre una tendencia global (el repudio al establishment político) con una situación particular argentina o latinoamericana (el rechazo al populismo), mezclado con nuevas formas de darwinismo social como respuesta a la precariedad generalizada (“que sobrevivan los más aptos”).

3- Íntimamente ligado a lo anterior, crece un fenómeno que Jorge Alemán denominó como la “Hipótesis paranoica” en el mundo social. En efecto, sin entrar en detalles psicoanalíticos, diversas formas de la psicosis -la paranoia, y el delirio- constituyen ahora las lógicas privilegiadas del discurso público-político. La paranoia supone una posición del sujeto en la cual toda su realidad es interpretada bajo un signo amenazante: el mundo exterior se unifica bajo la amenaza de un intruso silencioso que corrompe y perturba mi propia identidad (“el marxismo es el virus”, “las feministas vienen a adoctrinar a nuestros hijos”, “mantenemos parásitos comunistas con nuestros impuestos”). Como se verifica cada vez con mayor evidencia, lejos de ser un fenómeno residual, los delirios paranoicos de la ultraderecha encuentran una afinidad estructural con la dinámica acéfala del neoliberalismo: el Capital barre todos los “puntos de referencia” que estructuraban la vida colectiva y los delirios paranoicos permiten reconducir ese malestar hacia los movimientos sociales y populares.

Estos ingredientes producen, finalmente, el collage triste y decadente de las movilizaciones argentinas, en las cuales se mezclan caóticamente y sin contradicción aparente jóvenes “libertarios” fans de metálica, católicos antiabortistas, nacionalistas de derecha negacionistas del virus y oligarcas antiperonistas tradicionales. El capitalismo neoliberal generó las condiciones históricas para el delirio, y finalmente, los representantes políticos neofascistas vienen a recoger lo sembrado. La “razón histórica” de la ultraderecha es articular el malestar social y funcionar como el “Plan B” del neoliberalismo ante la crisis de legitimidad de sus elites políticas. La propuesta consiste en abandonar el “semblante progre” y asumir, ahora sí, la verdadera cara del Capital: autoritarismo, represión y ataque a las minorías para garantizar una salida aún más neoliberal a su propia crisis. En el mundo se prepara la repetición, ahora como farsa, de los autoritarismos del siglo XX.

La palabra verdadera del Macrismo

En este sentido cabe abrir un debate sobre la caracterización política del macrismo. Desde la mirada que venimos desarrollando, podría sostenerse que se trata de una experiencia política particular en la cual conviven referentes públicos y significantes políticos tanto del neoliberalismo cool, tecnocrático y liberal como de sus versiones autoritarias y neofascistas. Sin embargo, la deriva de su gobierno (de la revolución de la alegría y el “primer feminista” en los primeros años hacia la fascistización al final de su mandato) revelan que el bolsonarismo es su tendencia natural y su palabra verdadera. Absolutamente todas las actitudes “desacatadas” de Macri luego de su derrota electoral confirman esta hipótesis, alineándose con las lógicas de la ultraderecha global: el llamado permanente a la movilización bajo el reclamo de libertad y la “transgresión” de las normas establecidas viajando al exterior mientras el resto del país está en cuarentena. La bolsonarizacion de Macri hace tiempo demuestra que aquella hipótesis de José Natanson que sostenía que el PRO implicaba una  “nueva derecha democrática” está, definitivamente, cancelada.

Tweet del expresidente de Argentina, Mauricio Macri, el día después de las movilizaciones del 17 de agosto.

Por otra parte, a partir de estos elementos también podría establecerse una discusión sobre la relación que el gobierno intenta establecer con la figura de Rodríguez Larreta. Lógicamente, el gobierno de Alberto Fernández busca generar las condiciones mínimas para la gobernabilidad estableciendo canales de diálogo con diferentes referentes de la oposición, mientras se encuentra asediado por el fascismo social movilizado y abiertamente destituyente (de allí que las consigas de las movilizaciones siempre sean caóticas y hasta secundarias: el único objetivo verdadero es desgastar al gobierno).

Sin embargo, debemos señalar que el oficialismo recorre un camino peligroso al elevar la legitimidad de Rodríguez Larreta y otros dirigentes de la oposición como “interlocutores racionales y válidos”. Consideramos que sería un error de lectura profundo creer que la orientación que asuma la derecha (más liberal con el tándem Larreta-Vidal o más autoritaria con Macri-Bullrich) sea una verdadera disputa estratégica al interior de ese espacio y por ello, el gobierno estaría en condiciones de “agrietar” al bloque opositor. Aquello sería un error porque a) son dos caras del mismo proyecto y sus tendencias no son contrapuestas sino complementarias: una -el autoritarismo- funciona como relevo de la segunda -la liberal- cuando esta fracasa. Alimentar una es, por lo tanto, alimentar al conjunto. b) porque las diferencias que pueden tener entre los distintos referentes de estas orientaciones son ínfimas en comparación con aquello que los unifica: ganar el poder del estado para ponerlo al completo servicio del Capital y eliminar cualquier rastro – político, simbólico e incluso material- de la experiencia kichnerista.

La pregunta que retorna: ¿Qué hacer?

El sociólogo italiano Maurizio Lazzarato sostiene que el neoliberalismo es un total anti-reformismo: el Capital ya “no negocia nada”, no acepta ningún tipo de salida “reformista” a sus crisis y, en definitiva, no está dispuesto a hacer ni la más pequeña concesión a los sectores subalternos. En efecto, luego de la caída del Muro y el “Bloque del Este” el capitalismo ya no cuenta con ningún punto de referencia externo que lo obligue a limitar su espiral autodestructiva. ¿Porque actualmente el Capital aceptaría una reconstrucción sostenida del “estado de bienestar” si ya no tiene ninguna necesidad histórica de hacerlo? Lejos de ello, vemos que las elites apuestan a prescindir de la propia democracia y movilizar las oscuras pasiones del fascismo social de ser necesario.

En nuestras latitudes, el modo en que prácticamente todas las experiencias populares latinoamericanas fueron arrasadas (incluso con sus líderes encarcelados, exiliados, etc.) demuestra este carácter “anti reformista” del Capital. Las conquistas populares no implicaron un “piso” de derechos que los gobiernos conservadores se vieron obligados a aceptar; por el contrario, muchos de los logros fueron considerados un “impasse” imperdonable y rápidamente revertidos.

Nuestro tiempo es todavía el tiempo de la gran derrota histórica del siglo XX. Por ello, para enfrentar al neoliberalismo y sus monstruosas derivas neofascistas es indispensable insistir en las preguntas por los objetivos estratégicos y por el sentido último de la militancia emancipatoria. Los movimientos populares debemos recuperar la capacidad de soñar y reencontrarnos con un horizonte de transformación profundo. No se trata, por supuesto, de volver a levantar las banderas del marxismo del siglo XX (esto sería una comodidad inaceptable), ni siquiera de pretender recrear el estado de bienestar de la posguerra (algo que sería imposible), sino simplemente de recuperar una perspectiva de transformación estructural de nuestra sociedad, que identifique a los adversarios reales y que funcione como objetivo orientador de largo plazo para la praxis emancipatoria.

Tal como señala Juan Grabois, nuestro tiempo nos obliga a saber intervenir políticamente reconociendo las condiciones y limitaciones existentes, pero también a mantener las utopías en el corazón. La derrota más profunda, mucho más que cualquier derrota electoral, sería asumir la “administración de los daños” como único horizonte político posible de la militancia popular. La propuesta del dirigente social es la de un “Humanismo popular revolucionario”, retomando los mejores elementos de la doctrina política del Papa Francisco. Es una orientación posible sobre la cual trabajar, sin sacar los pies de la tierra.

El neoliberalismo se desgrana, pero al no tener ninguna amenaza externa continúa reproduciéndose ilimitádamente. Sus dispositivos ideológico-culturales se deshilachan día a día, su establishment político permanece en una crisis de representación continua, y en consecuencia los dioses oscuros del fascismo social (re)emergen. La humanidad se encuentra en un punto muerto entre un neoliberalismo en permanente desfondamiento -que ya no brinda ningún horizonte creíble ni sostenible- y una izquierda con capacidad de resistencia, pero que es aún más incapaz de ofrecer un modelo alternativo. Es fundamental insistir en ese proyecto, imaginarlo, soñarlo, enunciarlo, discutirlo y mantenerlo en el horizonte, porque nadie va a hacerlo por nosotros.