Soñando con verde
Por Malena Mazzei y Maica Colantoni
Cuarta ola

¿Como vivieron aquel 13J sus protagonistas? Del secundario al Congreso, Malena y Maica escriben esta crónica a dos años de la aprobación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo en la Cámara de Diputados.

Soñamos con verde. No recordamos muy bien, pero sí esa sensación de verde brillante, vivo, verde marea. Con mucha luz, mucho calor, y mucho amor. Necesitamos encontrar algo para ponernos, algo así de verde. Está fresco, el celu avisa con el pronóstico del tiempo que se esperan 8 grados durante el día, y 4 para la noche. Pinta frío, los vidrios de las habitaciones están empañados, pero eso no afecta en nada. 

Queremos encontrarnos con las chicas para darnos ese abrazo mullidito, que sobrepasa todas las palabras, que da calor y color a verde; ese verde de esperarnos para un día como hoy. Lo ideal sería un tapado o una campera, verde obvio, pero en el placard encontramos unas polainas de lana que hacen juego con la bufanda. Combinan perfecto, vienen de maravilla. Uf… colgamos viendo qué tan verde podíamos encontrar, hace tanto que esperamos esto. Tantos años, tantas madres y tantas abuelas. 

Salimos y caminamos a la parada del 92 que está a un par de cuadras de casa. Todavía no termina de salir el sol. Vamos pensando en las calles, en el grito, las miles de voces, en las banderas. Las expresiones de la gente de que hoy tienen algo diferente. Se les nota: sí, estamos todes deseando que ya arranque el debate. Los pañuelos hoy resaltan más que antes, hoy el sol sale de diferentes colores. Sale con el Abya Yala y la resistencia de las mujeres armando su camino. 

Entrar al colegio es como reafirmar una vez más que la lucha va por acá, con la organización popular, con la militancia en las calles y escuelas. Que el feminismo popular debe y está siendo transversal a todos los espacios. 

No faltan lágrimas de orgullo al vernos a todes con los pañuelos, a les docentes también con los suyos, y al glitter en los pasillos haciéndose marea. Faltan unas horas para que arranque, pero ahora en un rato pactamos asamblea con les pibis para discutir cómo llegar hasta Av. Callao y Av. Rivadavia: ahí donde a esta hora ya están montando las carpas que van a ser nuestra casa durante las horas de vigilia. 

Los mates con stickers yendo de mano en mano, el agua del termo que se acaba a cada ratito, grupitos que discuten cómo van a salir las votaciones, otros que derraman brillitos que se pegan en los cachetes cada vez que sonríen; la euforia que recorre cada conversación. Al fin suena el timbre del recreo, ese sonido que algunas veces significa descanso, hoy se hace ruido de agite. Hoy la asamblea la coordinan pibas, hoy los bombos los vamos a hacer sonar nosotres: las mujeres, lesbianas, trans, travestis y no binaries.

Costó pero lo conseguimos, vamos a ver el debate en la pantalla del comedor; en 30 minutos Lipovetsky abre el inicio de las tantas horas de sesión histórica que se vienen en el recinto. Se hacen las primeras palabras: 

-“Gracias a la lucha de las miles de mujeres, de las mujeres de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito” Con ellas se hacen los primeros gritos, los primeros cánticos del día, los primeros abrazos y las primeras ansias. “Hay un mandato generacional, hay una revolución de las hijas que llegó para quedarse” dice Mayra Mendoza.

Llega la hora de empezar a marchar, empieza el momento de hacerle voz a la utopía, y al goce como bandera. Nos calzamos los redoblantes, los pañuelos en la cabeza. La bandera del centro y el tan querido megáfono para gritar y cantar bien fuerte, con el cancionero en mano. Cada une empieza a mandar su “ubicación en tiempo actual” a nuestres conocides, porque sabemos que la jornada se viene larga y el celular no es prioridad. Batucadas, aplausos y bocinas, les secundaries saltando en la vereda hacemos retumbar cada ventana (y a todes les que pasan caminando). Hoy la calle es nuestra. 

La línea “D” intervenida de violeta, las vías bañadas de deseo y goce, al parecer soñé con esto: con verde esperanza, verde marea. Hay tiritas de totora colgadas en casi todas las puertas de las casas, todo es necesario para hacer notar que ésta ley ya la tenemos ganada. Nos cruzamos con mujeres que nos tiran una sonrisa, más gente camina al famoso Congreso, miradas y aires cómplices de revolución feminista y sin miedo. 

Llegamos a Av. Rivadavia para encontrarnos con los otros centros y el aire es otro. El mundo está parado, estamos ahí todxs cantando en el medio de los agites, abrazando, perdiendo el frío, recuperando lo que nos habían quitado años y años de patriarcado. Termino de comprender la dimensión de esta ola verde cuando estoy llegando al famoso bar frente al Congreso y este no se ve. Banderas, océanos de personas tapan e inundan todo. Copamos cada avenida, cada rincón, construyendo espacios en los que entremos todes y agrandando abrazos formamos refugios en plena calle. Nos sambullimos de lleno en esa marea. 

A medida que avanza el debate nos toca escuchar comentarios nefastos de algunes diputades. “¿Qué pasa cuando una perrita queda embarazada? No la llevamos al veterinario a que aborte” dice Estela Regidor en su discurso en el Congreso. Para justificar el mandarnos a morir nos compara con perras. Pero los cánticos siguen, el calor no frena, ya está en nuestro cuerpo. Lo que pasa afuera de estas calles, de este recinto, no importa. 

La historia la estamos escribiendo en Avenida Rivadavia. Acá se juega la vida, se juegan nuestros derechos y la representatividad de nuestres diputades. Ahora les toca a elles representar la libertad de nuestros cuerpos y escucharnos, les toca estar a la altura de las circunstancias.

La noche y el frio van a pasar, el sabernos motor de una revolución nos mantuvo calentitas durante la noche. Nos despertamos entre gritos de las que se levantaron más temprano y las que llegan desde sus casas a escuchar el recuento final y rodearse de colectividad en un momento tan clave. Vemos pasar frente a nuestros ojos todo lo que pasó en esta jornada, que no duró solo las 22 horas que estuvimos en el Congreso, sino que viene de hace años de construcción ganando espacios para el feminismo. Tenemos la certeza que pase lo que pase de acá salimos más fuertes. 

Estamos con amigas, y con muchas más que ni conocemos pero se vuelven hermanas, contenemos la respiración. Y finalmente se aprueba. Ni esos dos votos que cambian al final borran la historia. Puedo escuchar cada grito de emoción, y me atraviesan cada arteria del cuerpo, revitalizándome completamente. Lloramos y una vez más nos pegoteamos. Somos inmenses.

Ya pasaron dos años y todavía lo sentimos en el pecho. El calor del hogar que construimos frente al congreso durante los cientos de pañuelazos y marchas, ya propio, un hogar que resiste lluvia, viento y a la marea la acobija. La euforia de romper una vez más los límites de lo posible. El agite en nuestros cuerpos y los aires de deseo que rondaban las calles. Poner todo en un grito, de cuando conseguimos la media sanción, donde representaron nuestras luchas y nuestro derecho, donde mostraron la unidad más allá de partidos políticos para entender que donde existe una necesidad nace un derecho. 

“La revolución de las hijas” repetían madres orgullosas de vernos ahí, de ver toda la columna de secundaries en vela de sol a sol. Y sí: les secundaries cumplimos un rol fundamental, nos apoderamos de la calle con la columna más calurosa. Entendimos desde el principio que las pibas de 13 a 17 años estábamos haciendo historia para contar de viejitas. Entendimos la necesidad de escribirla, de representarla y reivindicarla. Porque lo llevamos adentro; se los debemos a nuestres compañeres, a las personas gestantes que dejaron morir, y a los tabúes que nos impusieron, a todas las veces que hubo falta de ESI en las aulas y todo lo que eso nos cobró. Entre todes sanamos y curamos heridas mientras golpeamos cada redoblante, mientras nos ponemos todo lo verde del placard encima. Ese verde vivo y brillante que se hace enredadera. 

Supimos transformar cada gota en océanos y juntes en olas que transforman e irrumpen en todo. En nosotres, en nuestras escuelas, en las calles; y finalmente en el Congreso. A cada sesión, a cada debate. Tenemos bien en claro qué dijeron, tenemos bien en claro de qué lado de la historia nos posicionamos y se posicionaron. 

Lo aprendimos en cada concentración, reclamo por la ESI, marcha y -más que nada- en esas vigilias. Soñamos con la libertad de nuestros cuerpos cada día. Y se refleja en la marea verde, en las comisiones de géneros y talleres de ESI autogestionados de los colegios que hoy con pandemia y la crisis seguimos sosteniendo virtualmente. 

Ahora esta lucha sigue en nuestras casas. Hoy nos toca guardarnos, reforzar las herramientas colectivas, reflexionar sobre nuestras construcciones, nuestros espacios, nuestros lazos; y dar nuevas discusiones. Entendemos que el machismo no se toma cuarentena, y nosotras tampoco. Encerradas, no dejamos de levantar nuestras banderas, y las redes feministas que tejimos se sostienen. 

A lo lejos nos volvemos a abrazar como aquel 13 de junio. Nuestros cuerpos ya no se tocan y nos duele, más en un año que nos prometía el Aborto Legal, pero seguimos juntas. Que la pandemia nos sirva para recargar fuerzas, con una agenda feminista ampliada y que el sabernos hermanadas aunque sea a la distancia, nos siga potenciando. Que sigamos revolucionando y levantando las banderas de la diversidad y el goce. Por nuestra libertad colectiva y por todo lo recorrido: que nuestras construcciones feministas, sean ley.