Acoso, violación y revictimización
Por Esther Pineda G.
Cuarta ola

Thelma Fardín es apenas la cara mediática de una violencia silenciosa que camina por las escuelas, las empresas, las iglesias y las casas, que ocurre de día, de tarde y de madrugada; que vulnera a niñas, jóvenes, mujeres adultas y ancianas, porque la realidad es que en una sociedad patriarcal ninguna mujer esta exenta de ser violada.

¿Qué niña no ha sido mirada de manera vulgar o recibido comentarios sexuales en la calle apenas al alcanzar la pubertad, aunque portara su uniforme escolar? ¿Cuántas adolescentes no han sido seguidas en la calle por un hombre que le grita qué le haría, cómo la dejaría, cómo la pondría, cómo se lo metería, cómo le acabaría? ¿Cuántas mujeres no han recibido insinuaciones y comentarios cuando se suben en un taxi, cuántas no han tenido miedo de que el conductor desvíe el rumbo del automóvil, de ser violadas, de no llegar nunca más a casa? ¿Cuántas jóvenes no se han sentido intimidadas cuando en una salida nocturna algún hombre trata de tocarlas y besarlas sin su consentimiento, o cuando alguno le insiste demasiado en que abandone a sus amigas para llevarla a un hotel o a su casa aunque ella no estuviera interesada? ¿Cuántas mujeres no han recibido insinuaciones o intentos de proximidad física no deseada por parte de un compañero de clases, por un familiar político, por un profesor o por un jefe? ¿Cuántas niñas, adolescentes y mujeres no han sido tocadas, frotadas y en casos extremos eyaculadas -sí, como lo leen, eyaculadas- en el transporte público? ¿Cuántas mujeres no han tenido que esquivar en distintas etapas y momentos de su vida situaciones indeseadas, prácticas que superan el coqueteo, la seducción y la insinuación para despertar alertas e incluso considerar estar en riesgo de una inminente violación? ¿Cuántas mujeres no han sido violadas por aquellos con quienes compartía, conocía o confiaba, incluso dentro de su propia casa? ¿Cuántas mujeres no han recibido en sus redes sociales fotografías de penes y mensajes sexuales de parte de hombres que no conoce y con quienes nunca ha tenido ningún tipo de relación o interacción? ¿Cuántas niñas y mujeres no han tenido que callar estas distintas formas de acoso y violencia por miedo de que no les creyeran, de ser culpadas, de que se diga que se lo buscaron, de ser reprobadas y expulsadas, de ser despedidas, de ser expuestas, burladas, ridiculizadas, de recibir más insinuaciones, violencias y abusos de otros que también se crean con derecho a violentarlas? Eso es ser mujer en una sociedad patriarcal organizada en torno a la cultura de la violación, donde se vive en un riesgo permanente de ser cosificada, acosada, violada y culpabilizada.

Esta cultura de la violación supone la configuración de un entramado social que permite y promueve que los hombres abusen sexualmente de las mujeres, que lo naturaliza, lo normaliza e incluso lo reconoce como una forma válida y deseada de relacionarse con las mujeres; cuya práctica actúa como un mecanismo para la afirmación del poder social de los hombres y para el disciplinamiento de las mujeres. Esta cultura de la violación se caracteriza por la defensa apriorística y la solidaridad automática con los agresores, quienes son protegidos, defendidos y convertidos en ídolos del patriarcado. Ante ello las mujeres son culpabilizadas y responsabilizadas de incitar y provocar las agresiones contra ellas cometidas, son juzgadas y sus vidas expuestas, sometidas al escarnio público cuando se atreven a denunciar la violencia que les han infligido, a la sospecha de lo relatado, al cuestionamiento de por qué no denunciaron antes -en los casos en que las víctimas no se atrevieron a contar lo ocurrido inmediatamente tras el suceso-; estos hechos favorecen el silencio de las víctimas pues el temor a la acusación, el rechazo y el descrédito las obliga a callar, situación que permite a los agresores reproducir y perpetuar sus dinámicas y prácticas de violencia sexual.

Sensacionalismo, machismo y complicidad: Acoso y violación en los medios de comunicación

Los medios de comunicación, desde sus discursos y representaciones en los que se naturaliza la cosificación e hipersexualización de las mujeres, han sido y continúan siendo los principales naturalizadores y promotores de la cultura de la violación. Los medios a través de sus distintos contenidos promueven el acoso y la violación de las mujeres, programas en los que se toca a las mujeres sin su consentimiento, donde se les besa sin que ellas lo deseen, telenovelas, series y películas donde casi siempre una mujer es violada, entre otras narrativas donde el acoso y la violación es presentada como un hecho cotidiano y casi inevitable de la vida. Pero cuando estas violencias ocurren, son los medios de comunicación los primeros en revictimizar a las víctimas dudando de sus acusaciones, justificando y encubriendo a los agresores, indagando y exponiendo detalles escabrosos y personales, así como titulando y reseñando de forma que convierte a las agredidas en victimarias y a los agresores en víctimas.

Estos medios de comunicación también han construido el estereotipo del acosador: un hombre físicamente poco agraciado que se convirtió en acosador por sufrir rechazos en el amor, y el estereotipo del violador: el hombre enmascarado que ataca a las mujeres en medio de la oscuridad de un callejón. Estas narrativas contribuyen a invisibilizar a esos violadores de la vida real, esos violadores que no son desconocidos con un cuchillo en el bolsillo, sino aquellos conocidos, vecinos, colegas, amigos, compañeros o familiares, aquellos de quienes no se espera, lo que hace a las mujeres más susceptibles de la intimidación y más difícil su reacción ante la agresión. Este irreconocimiento del acoso y de la violación es más vehemente cuando el agresor responde a los estereotipos estéticos de lo que es considerado un hombre atractivo. Desde los imaginarios sociales construidos a partir del relato mediático es imposible que un hombre con esas características necesite acosar o violar, por el contrario, se insiste en que las mujeres se les insinúan, se les ofrecen, se les regalan.

Foto: Julieta Ferrario / Infobae.

Cuando los agresores además son famosos: deportistas, cantantes, actores, empresarios o políticos, estas acusaciones y denuncias rápidamente son desechadas, por la ciudadanía, por los medios y por la justicia; de este modo, los gritos de denuncia de las víctimas suelen ser ahogados por el poderío económico, político y mediático de sus agresores, protegidos además por la empatía patriarcal y la hermandad masculina. Cuando se acusa a hombres con poder los agresores son rápidamente defendidos, en las redes sociales, en los medios e incluso en las calles; aparecen testigos que dan cuenta de que estos hombres son padres de familia, esposos e hijos ejemplares, vecinos intachables, trabajadores irreprochables y ciudadanos impecables. Las mujeres victimizadas por el contrario rápidamente son condenadas: si denuncian son acusadas de oportunistas, mentirosas, vengativas, celosas, acomplejadas, dolidas y resentidas, se les acusa de estar en busca de atención masculina, de querer mejorar su economía, de obtener fama y prensa destruyéndole a otros su imagen, su carrera y su familia; pero si nunca lo denuncian o lo hacen muchos años después es porque fue mentira, porque no son verdaderas víctimas.

#MiráCómoNosPonemos: las reacciones feministas ante la violencia sexual masculina

El pasado 11 de diciembre la joven actriz Thelma Fardín acompañada por el colectivo Actrices Argentinas, hizo pública una denuncia por violación contra el también actor Juan Darthés. Entre lágrimas Fardín narró cómo en 2009, cuando tenía 16 años y durante la gira de la obra teatral “Patito Feo” en Nicaragua, Juan Darthés -con 45 años para aquel momento- la violó; en el video ella cuenta que el actor comenzó a besarle el cuello, hizo que sintiera su erección, y pese a la negativa de ella él siguió, la tiró en la cama, le practicó sexo oral y la penetró. Aunque en el pasado el actor ya había sido denunciado por acoso sexual por las actrices Calu Rivero, Anita Coacci y Natalia Juncos, cuando Thelma Fardín contó lo ocurrido, en las redes sociales hombres y mujeres la culpabilizaron, preguntaron por qué no denunció antes, en los medios de comunicación indagaron en detalles, el agresor responsabilizó a la víctima y la acusó de habérsele “insinuado”, incluso la violación fue politizada, llegándose a afirmar que la acusación forma parte de una “opereta K” que persigue destruir la carrera de aquellos artistas que han apoyado al macrismo.

Pero pese a los intento de revictimización de Fardín, la consigna #MiráCómoNosPonemos rápidamente inundó las redes sociales con muestras de apoyo y solidaridad para con la actriz; pero sobre todo, contribuyó a que miles de jóvenes y mujeres argentinas denunciaran y visibilizaran los casos de acoso y violación a los que han estado expuestas o de los que han sido víctimas a lo largo de su vida. Esto sin dudas marca un antes y un después en la sociedad argentina, una respuesta colectiva y feminista que quiere dejar en evidencia que la cultura de la violación no seguirá siendo tolerada, permisada y silenciada, aunque el impacto de las denuncias y de la marea feminista intente ser detenida y sancionada señalando a las víctimas y a las feministas de “puritanas” y “punitivistas”.

Estadísticas infames: La violación y otros delitos contra la integridad sexual en Argentina

La denuncia de Thelma Fardín y el hashtag #MiráCómoNosPonemos ha llevado a la sociedad Argentina a discutir sobre un tema del que pocos se atrevían a hablar, ha colocado en las pantallas un asunto que nadie quería mostrar, ha hecho que cada mujer se pregunte y rememore cuántas veces, en qué espacios y por quiénes, ha sido acosada o sexualmente violentada; pero también se ha convertido en una oportunidad para que cada hombre se cuestione sobre su rol como productor, reproductor, difusor y ejecutor de la cultura de la violación. No obstante, ésta también debe convertirse en una oportunidad para visibilizar los numerosos casos de violencia sexual que no cuentan con visibilidad mediática y contención social. Al respecto y de acuerdo a las estadísticas oficiales del Ministerio de Seguridad de la Nación provenientes del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), en Argentina entre los años 2014 y 2017 se han registrado un total de 14.736 casos de violación, mientras que para el mismo periodo, se sistematizaron un total de 47.316 casos de otros delitos contra la integridad sexual.

Foto: Julieta Ferrario / Infobae

Por su parte el informe “Violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes: Un análisis de los datos del programa Las Víctimas Contra las Violencias” realizado por el programa Las Víctimas Contra Las Violencias -coordinado por la Dra. Eva Giberti- da cuenta de que entre octubre de 2006 y agosto de 2016 se realizaron 10.511 intervenciones, del total de víctimas el 52,5% eran menores de edad y de ellas 87,9% eran mujeres y 12,1% varones. El informe también visibiliza que el 14,5% de las víctimas de violencia sexual son menores de 5 años de edad y el 38,2% de las víctimas son niñas de entre 11 y 15 años. En lo que respecta a los agresores el 94,8% son hombres y el 53,9% son familiares de la víctima (padre, padrastro, tío, abuelo, hermano, etc.). Para el año 2017, según las estadísticas del programa Las Víctimas Contra las Violencias, a través de la Línea Nacional 0800-222-1717 contra el abuso sexual infantil, se recibieron 2.439 casos de abuso sexual, el 70% de las víctimas fueron menores de edad, de estas el 68% eran niñas, el 65% de los agresores fueron personas de su ámbito familiar (padre, padrastro, tío, abuelo, hermano, entre otros); y se identificó que la forma más frecuente de victimización sexual contra niñas, niños y adolescentes es el tocamiento seguido por la violación. Es decir, en Argentina, la violación y otros delitos contra la integridad sexual tienen altos índices de ocurrencia, cuyas principales víctimas son las niñas y las mujeres y cuyos principales agresores son los hombres; no lo dicen las feministas, lo dicen las estadísticas.