Existimos: 10 años de la Ley de Matrimonio Igualitario
Por Juan Pablo Cuciniello
Crónica

Las disidencias ubican en la agenda pública una reivindicación de la que nadie habla hoy en día. Por eso, resulta cada vez más necesaria e impostergable: la pelea, la búsqueda, el deseo de ser felices. A 10 años de la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, la pelota sigue rodando. Crónica de una lucha por el derecho a la existencia.

No nos interesaba el matrimonio, posta que no. Queríamos todo. Queríamos la mami italiana pisando fideos y China Zorrilla gritando cosas en el zaguán de la rutina. Queríamos la argentinidad al falo. Esto hay que reconocerlo, diez años en la ruta. No pensábamos al “matrimonio gay” (¡nombre horrible si lo hay!) como concepto de llegada. Era sólo base uno, aullar un “llegamos hasta acá, dale que seguimos”, parar dos minutos, juntar fuerzas y seguir tirando bombas. Vamos a confirmarlo: las disidencias tenemos una agenda. Hay un objetivo, una persecución final, porque queremos una cosa. Queremos ser felices. 

Es que, ensoñadores, imaginamos lo que nos merecemos. Tal vez no todxs querramos lo mismo; puede que la felicidad esté en otras búsquedas. Tal vez la encontremos metiéndonos mucha droga y bailando en un bolichito de Las Cañitas mientras suena un tema muy bueno de Kylie, Tal vez esté en la tranquilidad de la vejez, disfrutando la soledad de un lindo depto soleado y lleno de plantas, sosteniendo con orgullo la negativa de la pareja. Pero nos merecemos tener a nuestra disposición estatal todas las herramientas para buscar nuestro espacio en el mundo y poder definir la felicidad como nos plazca, incluyendo el enorme placer de formar una familia. Yo quiero pensar que puede que sea feliz en esa construcción, aunque no la persiga hoy. Pero ojo: no me jodan, voy a implosionar cualquier estatuto que no me permita tener esa posibilidad.

“Down on your knees, begging us please, praying that we don’t exist.” Arcade Fire – We Exist.

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El 15 de julio de 2010 se abrió esa posibilidad. Porque, de verdad, no se legalizó “nuestro amor”. Ese slogan pakifriendly de “el mismo amor, los mismos derechos” era una consigna para la tribuna, porque no era siquiera nuestro amor el que estaba en juego. Era nuestra mera existencia; era ser vistos como seres humanos de primera categoría y sacarnos de encima titulares como enfermos, abusadores de niños, parias, anormales, deshechos sociales. Frente a esas consignas de odio respondimos explotando los closets, para que vean, sorprendidxs, que éramos sus hermanos, sus tías, sus vecines, sus compañerxs de laburo, su artista favoritx. En esa noche de julio, gritando contra una pantalla gigante en el Congreso, no queríamos que simplemente nos amen. Queríamos que nos dejen existir. 

Es lo que aprendimos en 2010 y reconfirmamos en 2019: vivimos en una sociedad que nos aplaude y nos odia a la vez. Nos aplaude cuando les divertimos, nos odia cuando hablamos sin risas. Por eso decimos que el matrimonio igualitario y la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito son dos derechos que van concadenados. Y no sólamente por su objetivo de libertad para les oprimides, sino por quiénes son sus oponentes y como defienden mantenernos en la ilegalidad. Que no era prioritario, que era una movida kirchnerista, que no había plata para sostenerlo, que era una imposición del norte y de los poderes concentrados para destruírnos… Los argumentos se repiten calcados una y otra vez. Antes, con la laicidad de las escuelas públicas, la ley de divorcio, el matrimonio civil, etc. Hoy, con el aborto. Mañana, con lo que sea que nos abra la puerta para ir a vivir. Pero siempre, siempre, contra todo lo que discuta el status quo de la opresión. 

 

 

Ese año fue memorable. Maradona le gritaba cosas a los periodistas en el medio de un (muy mediocre) mundial. De hecho, ambos temas, el matrimonio igualitario y el fulbito, se entrecruzan en este spot “profamilia” que todavía me hace reír. Cómo puede ser que, si existe un Dios y es argentino, ubique dos problemáticas antagónicas en el mismo momento y en el mismo año. Machirulismo y mariconeada a la misma hora y en el mismo lugar. Era otra sociedad, es cierto. Otro mundo, con otras reglas. Instagram y WhatsApp no existían, Facebook era nuestro diario íntimo y los medios de comunicación seguían siendo los grandes ordenadores de nuestras discusiones diarias. Néstor estaba vivo, Macri era un problema porteño y el cardenal Bergoglio nos declaraba la guerra santa. Y, aunque la realidad tendía a moverse muy lentamente, no recuerdo haber visto un nivel de efusividad y de feliz caos como el que vivimos durante esos meses de 2010. Hasta en la Fiesta Plop se juntaban firmas para bancar el proyecto y más de uno intercambiamos un shot de tequila por una firma. De hecho, recuerdo que encaré a un amigo para que firme, le regalé un shot y me contestó vomitando encima de la planilla. Bellos recuerdos de juventud.

Después del debate en comisiones, del paseo nacional para escuchar a todxs, de salir victoriosxs en Diputados y de un hermoso festival con Vicentico, Fito Páez y Laura Miller entre otrxs, las energías estaban puestas en senadores. Ya habíamos escuchado los poemas de Pepe Cibrián, las barbaridades de Mirtha, los discursos de odio de Negre de Alonso y la victimización perversa de la proto Heidi, Cyntia Hotton. La última batalla por bajarnos de categoría, el proyecto de “unión civil”, había sido declarado inconstitucional por el Senado. Esa noche íbamos por la ley. Hacía frío, mucho. Casi tanto como en ese junio de 2019. La plaza de los dos Congresos estaba bastante llena de disidencias y aliades. Mucha “amiga del puto”, recuerdo, porque antes de que cualquier matrimonio fuera legal, nosotrxs ya habíamos encontrado a la marida ideal. Me pasó a buscar Alejandra, mi amiga de rigor, por la puerta de mi trabajo. Con la obligatoria petaca de whisky en mano (de nuevo, la belleza de la juventud) bajamos al subte D y encaramos hacia la plaza. 

El aire era de fiesta, aunque no teníamos certezas de nada. Hacíamos fuerza para que salga, pero ya todo estaba dicho y era hora de que otres voten nuestro futuro. En la plaza nos abrazábamos con extrañxs y conocidxs, reavivábamos viejos chongxs (disgresión: le tiré una mirada, beso y cariño a un pibe con tanto dramatismo que al día de hoy Alejandra me lo sigue recordando entre muchas risas), cantábamos junto a Kevin Johansen “qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada”, nos manteníamos atentxs a las novedades. La noche se hacía eterna. Los discursos también. El debate fue largo y terminó cerca de las 6 de la mañana. No me quedé hasta la votación, debo reconocerlo. Hacía frío, tenía sueño, estaba borracho y mi novio de ese entonces me esperaba para comer y dormir. Era un día de semana. Creo que no tengo ningún amigue que haya estado hasta el final. No queríamos sobrevivir otra noche, no queríamos “ganarnos” heroicamente lo que nos merecíamos. Yo, vos, él, ella, elle, aquelle, nos merecemos existir. No es justo que tengamos que aplaudir la épica. Nos merecemos estar abrigados gritándole a la tele, cual Tano Pasman (otra vez se filtra la alegoría futbolística), mientras nuestros sueños se hacen mierda contra la realidad, o mientras le ganamos por una vez a “los naranjitas”, como les decíamos en ese momento a los que hoy son “celestes”. 

 

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Esa mañana me desperté y miré el celular. Un Sony-Ericsson muy piola, negro con botones naranjas y una pantalla bastante amplia para la época me tiraba en full pixel las fotos de Cristina, vestida espléndida en un conjuntito rosa Chanel precioso, acompañada por un sinfín de organizaciones y referentes LGBTIQ mientras promulgaba la Ley Nacional N° 26.618. Esta vez los derechos eran todo ganancia, porque como dijo ella, no le habíamos sacado nada a nadie. Solo se había ampliado una posibilidad, que ahora era para todxs. Sonriendo, desperté a mi novio.

—Che, ya nos podemos casar.

—Juanpi, no tenemos un mango, la tarjeta de crédito está estallada y tu versión de la rutina es quedarte hasta las 7 de la mañana en un bar. ¿Vos posta te querés casar?

Nos reímos y seguimos durmiendo. Me separé un par de años después, y mi novio actual tampoco me quiere dar el sí. Pero al menos la tarjeta está paga, los bares cierran más temprano, y la posibilidad de hacerlo sigue intacta. 

Hacer memoria diez años para atrás es bastante dificultoso. La realidad se mezcla con otros años, se embarra con sueños y expectativas, se nubla con ideas que fueron creciendo y deformándose con el correr del tiempo. Cuesta reconocerse a uno, ya full adulto, en ese bebo de 22 años cuya idea de cocinar se limitaba a hacer huevos fritos. Creo que, en ese momento, no entendía muy bien qué estábamos haciendo, ni cuáles iban a ser las consecuencias de ser el décimo país en legalizar el matrimonio igualitario. Algo que me quedó resonando para siempre fue que los derechos ni se plebiscitan, ni se mendigan; se luchan y arrancan, en especial para las minorías. Que militar sirve para cambiar la realidad. Que nombrar las cosas tiene un poder inmenso. Que las luchas son por etapas y siempre hay un siguiente paso, tan fundamental como el anterior. 

Hoy tenemos Ley de Identidad de Género; cupo laboral travesti trans (en algunos sectores); el femicidio y travesticidio como agravantes penales. Hoy seguimos militando la IVE y la ESI, hoy queremos más, mucho más, como las insaciables locas, tortas, travas y arcoíris que somos. Queremos todo lo que nos merecemos porque, aunque nos pidan de rodillas que no seamos, nos merecemos existir.