Juventud y (des)empleo¿Juventud perdida o Políticas ausentes?
Por Antonio Colicigno y Mauro Brissio
Análisis

Juventud, trabajo, precarización. Antonio Colicigno y Mauro Brissio hacen un análisis de la situación de les jóvenes y adolescentes alrededor del trabajo, el desempleo y las oportunidades que se abren.

Una de las frases que definió tanto a Evita como al peronismo es aquella que sostiene que “en la nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños”. No solo hay que considerarlo así, sino que además, hay que ser capaces de ampliar esta bandera para agregar a les adolescentes y a les jóvenes porque sin estas franjas etarias ninguna transformación social podrá ser verdadera.

Este es el eje del peronismo, por ende hay que animarse a plantear algunos desafíos de este presente que toca, más allá de la pandemia. Ese entramado social que desde la última dictadura cívico-militar fue haciéndose complejo, y que desde ese momento triste de un peronismo subordinado a los intereses de las minorías, como fue el menemismo, incorporó nuevas realidades, en parte derivadas de un nuevo contexto de desafiliación en términos de Castel (1995), de pérdida de trabajo protegido, de irrupción de nuevas formas de trabajo flexible, lo que se conoce como trabajo informal.

Eso que algunos pretendieron denominar trabajo en negro, significante cargado de prejuicios o tal vez de justificación para una clase que las minorías siguen estigmatizando y culpando desde una responsabilidad individual, cuando es claro que es el orden vigente el responsable de estos modelos de concentración de riquezas y de nuevos métodos de explotación de los que ponen el cuerpo y el trabajo en este mundo desigual.

La Argentina logró frenar la profundización de ese modelo que llegó a su cúspide con la crisis del 2001/2002 y en los años 2003-2015 intentó revertir ―con una transferencia progresiva de los ingresos― distribuyendo de forma más equitativa, con un Estado que volvió a garantizar el sistema de protección social para las mayorías, incorporando aquellos y aquellas que habían sido expulsados precisamente de ese trabajo formal que fue disminuyendo, las moratorias fueron un puente para saldar esa desafiliación. Pero el contexto sigue siendo de trabajo informal, no estable, y el avance de los modelos neoliberales de los últimos años, como el de la Argentina de Macri, lo profundizó. 

Les jóvenes

La Argentina entró en este año con una tasa de desempleo para mayores de 25 años del 7,7% para el total país y de 9,3% para el conurbano bonaerense. Pero en la población joven de 15 a 24 años en el país era de 27,5% y en el conurbano del 30% (Datos de Catedra Unesco, base EPH, 1er trimestre de 2020). Este es el panorama de desocupación antes de la pandemia, al que hay que agregar los datos para el mismo período de la tasa de informalidad, con un 48,6% para los mayores de 25 años en todo el país, y nada menos que de un 72,4% para los jóvenes de 15 a 24 años.

Con esa base pensar la transformación social en la pospandemia debe incluir inexorablemente una política dedicada a les jóvenes, al menos centralmente en esa franja de 15 a 24 años.

En la edad que va de los 20 a 24 se observa que cada vez son más los que han dejado de estudiar, los que no tienen trabajo y ya no lo buscan porque no lo encuentran y terminan desalentados, son más de 500 mil. Los que todavía no perdieron ese aliento y lo seguían buscando son más de 300 mil. La mayoría de los que tienen trabajo, son informales, como hemos visto.

Qué hay que hacer con esa población, ¿se incentivará su educación, especialmente para hacer cumplir la ley de la educación secundaria al menos? ¿Se pensará en esquemas de capacitación acorde a las necesidades que cada territorio pueda plantear en un esquema de crecimiento de la industria y los servicios? ¿Se acompañará la creatividad de les jóvenes y sus múltiples capacidades financiando proyectos grupales y colectivos?

No hay recetas mágicas, no se puede hacer otra más que confiar en un gobierno que está haciendo un gran esfuerzo para levantar este país arrasado que nos dejó el macrismo y que hará lo posible para que les juventudes también sean las privilegiadas de esta nueva Argentina.

Les adolescentes

Si hay edades complicadas, absolutamente la adolescencia es una de ella. Es una de las fases de la vida más fascinantes y, por qué no, una de las más complejas. Aparecen nuevos desafíos, nuevas inquietudes, nuevas responsabilidades que generan la sensación de independencia y, para que este proceso de cambio se materialice en la transición hacia adultos responsables y comprometidos, se necesita no solo del apoyo de las familias, sino también, de un Estado presente que acompañe en esta difícil tarea.

Sin embargo, los gobiernos liberales con toda su maquinaria de construcción de sentido común han convencido a gran parte de la sociedad que la adolescencia está perdida. En realidad, les adolescentes no están perdidos, las políticas están ausentes.

Por ellos, es de suma urgencia implementar políticas públicas que los acompañen, única forma posible de concretar una verdadera transformación social porque muchas veces ellos son los primeros en caerse de los programas diseñados por el Estado y que no contemplan las múltiples realidades. Un ejemplo de ello eran los números que reflejaban la caída de los beneficios de AUH en les pibes de los últimos años de la escuela secundaria. Cuando las condicionalidades (controles de salud y escolarización) debían cumplirse, previo a la pandemia, se reflejaba un notorio descenso en esa franja que se inicia entre los 15/16 años. Es decir, se desenganchaban de la escuela, en general asociado seguramente a la necesidad de incorporar otros ingresos en las familias más pobres.

En este sentido, Minujín, Davidziuk y Delamónica (2007) se han dedicado a analizar los programas de transferencias monetarias condicionadas dirigidos a la niñez y adolescencia en América Latina y remarcan la contradicción que constituye retirar los beneficios a aquellos que no cumplan con las condicionalidades impuestas. Consideran además que este “castigo” no contempla los factores que provocaron la “falta” familiar, razón que lleva a considerar que estos programas son bastantes deterministas ya que solo evalúan el efecto, pero nunca la causa.

La pandemia dejo de hecho “en suspenso” esas condicionalidades, pero precisamente por eso quizá sea el momento de pensar en algunos cambios para cuando esto haya pasado. Tal vez en un ingreso un poco más elevado y en cabeza de ellos mismos. Al fin y al cabo, los consideramos sujetos de derecho con la opción incluso de votar, por qué no recibir un impulso mayor para que terminen la educación secundaria, por qué no darles mayor protagonismo.

Cuántos de ellos no volverán a la escuela el año próximo si el Estado no es capaz de pensar en nuevas estrategias, que se construyen en cada territorio, observando las distintas realidades, superando la lógica centralista de resolución, pensando en acompañamientos, en irlos a buscar, en estar con elles y para elles.

De los más de 3,3 millones de jóvenes-adolescentes de 15 a 19 años, más de 370 mil fueron expulsados del ámbito educativo, no están trabajando porque no hay (los que en términos técnicos se los designa como ni trabajan, ni estudian, ni buscan trabajo, que es una forma de culpabilizarlos). Pero también, hay casi 100 mil que seguían buscando, más de 170 mil que sólo trabajaban, más de 70 mil que estudiaban y buscaban trabajo y más de 170 mil que estudiaban y trabajaban. Estos números deben alertar sobre la problemática que se puede encontrar al salir de la pandemia (Datos de Cátedra Unesco, base EPH, 1er trimestre de 2020).

Las pérdidas de trabajo informal durante la pandemia sabemos que son enormes, y si bien el Estado Nacional está haciendo un gran esfuerzo, hay que repensar nuevas estrategias para después. Esas pérdidas se hacen explosivas en los territorios más pobres.

Por ello, y para que no se concrete la expresión de deseo de las políticas liberales, esto es que realmente les adolescentes y les jóvenes se pierdan, se necesita de un Estado presente, que los acompañe y guíe en este díficil momento.