¿Hacia el ocaso de la era Trump?
Por Ignacio Ramirez y Axel Schale
Análisis

En pocos meses Estados Unidos asistirá nuevamente a las urnas. Se trata de una elección histórica por el marco enrarecido en el cual se realiza. Mientras Trump pretende obtener su segundo mandato, Joe Biden buscará el retorno del partido demócrata a la Casa Blanca.

Adentrándonos en los últimos tramos de la campaña electoral, el candidato demócrata supera ampliamente a Trump en la intención de voto. Biden lleva la delantera en las encuestas por casi una diferencia de 10 puntos. La imagen de Trump viene desplomándose abruptamente. Y es que no puede entenderse su deterioro por fuera del manejo y contención de la propagación del COVID-19, así como las graves consecuencias económicas que derivaron posteriormente.

Actualmente 6 de cada 10 personas desaprueban su gestión respecto al control de la pandemia, y un 63% desaprueba su manejo en relación a la cuestión racial. Los casi 4 millones de infectados y 145.000 fallecidos por el virus; los 40 millones de empleos perdidos por la recesión económica; el asesinato de George Floyd y la reaparición del movimiento “black lives matter”. Todos estos elementos generan grandes preocupaciones en el seno del partido republicano a la hora de contemplar un posible segundo mandato consecutivo, gesta que no logran desde 1989 cuando Bush padre asumió la presidencia luego del mandato de Ronald Reagan.

No todos los estados valen lo mismo.

A diferencia de nuestro país, el sistema de elección presidencial que tiene Estados Unidos es indirecto, es decir: los ciudadanos eligen electores dentro de cada estado que, en su conjunto, pasan a conformar el Colegio Electoral que es el que elige al nuevo presidente. Para llegar a la presidencia, el candidato debe obtener al menos 270 electores a su favor. La mayoría de los estados conceden todos sus votos electorales al candidato que logra la primera mayoría. Las únicas excepciones a esta regla son Nebraska y Maine, que distribuyen sus electores por sistema proporcional

Estas características hacen que algunos estados tengan mayor relevancia que otros. Podríamos dividir los mismos en dos grandes grupos. Por un lado aquellos que cuentan con tradiciones partidarias fuertemente marcadas: los comúnmente llamados “bastiones históricos”. Este sería el caso de California (otorga 55 electores) y Nueva York (29) para los demócratas; o Indiana (11) y Tennessee (11) para los republicanos. Si analizamos esto geográficamente podemos ver una gran mancha roja (republicana) en los estados centrales, en donde el grueso de la población es blanca, envejecida, rural, de un nivel educativo por debajo de la media nacional y fuertemente religiosa. Es en estos sectores donde Trump generó gran movilización y apoyo en 2015 con su promesa “make America great again”. Mientras que las costas tanto este y oeste muestran una sólida tendencia demócrata, en gran parte debido al apoyo de las clases medias urbanas que siempre se identificaron con el partido de Kennedy, Clinton y Obama y que en gran parte cuentan con una tradición más progresista y/o liberal.

Por otro lado podemos identificar a los denominados “estados pendulares” de apoyo partidario oscilante. Son aquellos cuyas victorias terminan volcando la elección hacia uno de los partidos. Sería imposible analizar detalladamente el caso de cada uno de ellos pero resulta pertinente tener en cuenta los casos más importantes, ya sea por la cantidad de votos para el colegio electoral que otorgan como así también por su importancia estratégica. Dentro de estos estados pendulares podemos identificar los estados de los grandes lagos. Estos son Michigan, Pensilvania y Wisconsin, con una fuerte presencia de la industria pesada y de la comunidad negra. Los tres reparten un total de 46 votos para el colegio electoral. Trump ganó por menos de un punto porcentual en 2016 en todos ellos, y fue esa mínima diferencia la que le otorgó votos suficientes para ganarle a Hillary. También resulta ineludible nombrar a los estados pendulares históricos como Ohio o Florida (desde 1964, Florida votó con el ganador en todas las campañas, excepto en 1992).

Fuente:New York TImes/ Siena College

Según las últimas encuestas, Trump corre por detrás de Biden por entre seis y ocho puntos en estos estados, con la excepción de Ohio, cuya disputa se encuentra más reñida. Es decir, en aquellos estados cuya victoria obtuvo por escaso margen, se encuentra a una enorme distancia de su rival demócrata. Sin embargo, el socavamiento del apoyo al actual presidente también se puede ver en uno de sus bastiones. Este es el caso de Texas. Hoy las encuestas vaticinan un empate técnico en el estado sureño, y el botín son nada más y nada menos que 38 electores (el segundo estado que más reparte). Casos como el de Arizona y Georgia se encuentran en una situación muy similar, siendo estos otros bastiones republicanos donde Biden estaría siendo competitivo.

Por lo tanto, la gran ventaja que lleva Biden en aquellos estados pendulares y el retroceso electoral que se viene gestando en “territorio propio” para Trump, ponen gravemente en peligro las posibilidades del magnate para obtener su segunda presidencia.

Unidad demócrata.

Hay un factor que resulta ineludible a la hora de entender esta gran ventaja que tiene Biden. Y es que, a diferencia de las elecciones pasadas, el partido demócrata ha evitado exitosamente llegar a la contienda electoral en medio de duras disputas internas. Una conclusión a la que se llegó al interior del partido luego de la derrota presidencial, fue que el desgaste ocasionado por las duras confrontaciones entre Hillary Clinton y Sanders fue una de las razones que ocasionaron la inesperada derrota. El apoyo explícito de Sanders y las fotos en común con Biden, ofrecen la imagen de un partido solidificado y unido, que sin duda difiere del caso del partido republicano (muchos gobernadores de dicho partido tuvieron que volver atrás con la reapertura de locales debido a rebrotes de contagios, encontrándose con una dura oposición por parte de Trump).

Este acompañamiento que sostienen ambas figuras, se ve reflejado también en las propuestas que viene desplegando el candidato demócrata. Durante la campaña se presentó el “grupo de trabajo Biden-Sanders” junto a una serie de propuestas cuya influencia por parte de Bernie y el sector progresista que representa, es más que notoria. Las mismas consisten en ampliar el sistema de cobertura de salud pública, eliminación de prisiones privadas, revertir la política inmigratoria de Trump, así como un énfasis en el cuidado medioambiental buscando disminuir la contaminación por emisión de carbonos. Estas medidas cumplen el rol de solidificar el apoyo de Biden por parte del electorado demócrata progresista que, al tener como primer opción a Sanders, desconfiaban de Biden por su carácter más centrista. Es decir, el acompañamiento explícito de Bernie Sanders a la candidatura de Biden, tiene su correlato correspondiente en las propuestas de campaña.

En lo que respecta al plan de gobierno demócrata en materia económica, su estrategia apunta a un enfoque de claro tinte nacionalista, fomentando un masivo programa de inversión pública para alentar la producción y consumo en consonancia con la idea de “comprar americano”. También se propone una reforma fiscal que aumente la recaudación en cuatro billones de dólares, volviendo atrás de esta forma con las rebajas fiscales que se fueron aprobando durante la gestión de Trump. Este perfil nacionalista busca decididamente socavar ciertos apoyos en un electorado natural del actual presidente.

Este programa fue presentado por Biden en una planta metalúrgica en Pensilvania. Cosa que no es menor por varios aspectos. Como dijimos anteriormente, Pensilvania fue una de las sorpresas de las elecciones pasadas, cuya victoria por escaso margen fue determinante para darle la victoria a Trump (cabe mencionar que en dicho estado no ganaba un candidato republicano desde 1988). Se trata de un estado en el cual caló profundamente la consigna de “Make america great again”, y que ahora, dada la grave crisis económica y despidos masivos, ha empezado a virar lenta pero marcadamente su apoyo hacia el candidato demócrata. Biden, además, es oriundo de la ciudad de Scranton en Pensilvania, y realizó toda su carrera política en el estado vecino de Delaware, por lo cual resulta obvio suponer que pondrá especial énfasis para ganar en su estado natal.

Fuente: RealClearPolitics

Es necesario tener en cuenta el anuncio de Biden de que su futura vicepresidenta será una mujer. Su nombre se sabrá días antes de la convención partidaria que se hará virtualmente entre el 17 y el 20 de agosto. Si logran derrotar a Trump, Estados Unidos tendría por primera vez una vicepresidenta mujer. Teniendo en cuenta la avanzada edad de Biden, la figura que sea elegida como su acompañante seguramente tomará mucha notoriedad y protagonismo, tanto en el gobierno como dentro del partido. También servirá para ofrecer otra impronta al binomio presidencial, que podría ser más potenciada si la misma fuera afroamericana o latina, algo que es altamente probable que suceda.

Trump contrataca.

Como consecuencia de la ininterrumpida caída en las encuestas tanto a nivel nacional como en los estados pendulares y bastiones históricos, una primera respuesta por parte del candidato republicano consistió en despedir a su jefe de campaña, evidenciando así, una decidida voluntad de realizar algunos cambios ya adentrándonos de a poco en los últimos tramos de la campaña electoral, donde cada error o acierto empieza a adquirir una importancia que podría ser definitiva.

Contrariando los consejos clásicos de un asesor de campaña que, ante el diagnóstico de una caída de imagen en las encuestas aconseja apuntar a los votantes “indecisos” y a emplear una actitud más moderada, Trump ha apostado decididamente a radicalizar su discurso. Esto se refleja, primero, en la verborragia virulenta que ha empleado en las últimas semanas hacia los manifestantes que, movilizados por el asesinato de George Floyd, derribaron estatuas y monumentos que eran expresión de la opresión racial y promotoras de la esclavitud.

Hace poco más de un mes, el presidente firmó una orden ejecutiva para proteger dichos monumentos, endilgado a los que realicen hacia ellos actos violentos una pena de hasta 10 años de prisión. El comunicado de la Casa Blanca con el que se anunció la medida, sostenía que “a través de la intimidación, estos extremistas violentos están tratando de imponer su ideología a los ciudadanos respetuosos de la ley de este país”. Trump ha empezado a emplear a esos manifestantes como objeto  de ataque directo para hacer campaña, denunciándolos como izquierdistas y violentos, buscando de esta forma, sostenerse con firmeza en uno de sus electorados más fieles.

Paralelamente, la carta de China viene siendo empleada sin tapujos, apuntando a aquellos votantes que ven en el gigante asiático una amenaza para los intereses de su “destino manifiesto”. Como se sabe, toda política exterior tiene su reverso en tanto política interior. Y cuando se está de camino a las elecciones, ésta se convierte también en un elemento más de campaña. De ahí puede comprenderse la evaluación por parte de la actual gestión de prohibir Tiktok y otras redes sociales chinas por razones de seguridad nacional. Esto se complementa con sus acusaciones sinofóbicas en las que denunció a China como responsable de la propagación del virus, buscando evitar fugas en su electorado más anti-china.

Por último, su radicalización también se vio reflejada hacia la propia figura de Biden, al que acusó de querer “desfinanciar a la policía”. Dicha acusación, en medio de la vorágine que se vive por las movilizaciones anti-raciales, no es más que otra forma de denunciar a Biden como un potencial desestabilizador y promotor del caos social. De esta forma, Trump se muestra como el representante del orden, y su contricante, como el promotor de los saqueos y la ilegalidad. Este recurso tuvo sus efectos al granjearse el apoyo del mayor grupo de lobby de la policía que decidió apoyar a Trump, luego de haber apoyado durante dos veces consecutivas a Barack Obama.

Y sin embargo.

Dicho todo esto, nos resulta imperioso evitar cualquier tipo de pronóstico definitivo. Pese al estado crítico que acucia al partido republicano, Trump se refiere a su electorado como una gran “mayoría silenciosa” que no habla en las encuesta pero que tiene gran participación a la hora de votar. De más está recordar el antecedente de las elecciones de 2016. Si bien la radicalización puede aislar a un candidato a su núcleo más duro, otro efecto posible puede ser la movilización de sectores que hagan eco de sus posturas más confrontativas. La diferencia es considerable, pero no definitiva.

El escenario al que apunta Trump es el de llegar a noviembre habiendo recuperado los índices económicos previos a la pandamia y movilizando a su electorado más fiel. Recordemos que hasta hace pocos meses estos indicadores eran su gran caballo de batalla electoral. Hay algunos estudios que muestran una recuperación considerable en el empleo a partir de junio. Desde la administración de Trump auguran que este rebote sería en forma de V, lo que les daría aire e impulso en la recta final de la campaña. ¿Será suficiente?