EL DISCURSO DE LA DERECHAEllos quieren que seamos Venezuela
Por Lucas Villasenin
Análisis

El intento de Juntos por el Cambio de sabotear la sesión en la cámara de Diputados no solo profundiza la “grieta” sino que lleva el escenario de disputa política a un escenario más peligroso para la democracia en Argentina. ¿Por qué esta estrategia opositora se parece a la de los opositores venezolanos?

Venezuela volvió a ser una palabra repetida por Juntos por el Cambio en el show mediático del Congreso. Al igual que durante los últimos años del gobierno de Cristina Kirchner el terror a que Argentina “se transforme en Venezuela” vuelve a ser utilizado como herramienta política.

“Venezuela” en boca de los opositores argentinos es un concepto de terror simbólico y no un concepto histórico que amerite una reflexión seria. Por eso es importante alejarse de los discursos simplistas que califican de “dictadura” al gobierno de Nicolás Maduro y conocen al país por los sensacionalismos mediáticos. Si Venezuela, además de múltiples crisis, tiene una profunda debilidad democrática e institucional es importante estudiar la historia de cómo se llegó a esta situación.

La gran virtud comunicacional de la oposición venezolana ante “el mundo” fue poder presentarse con credenciales democráticas cuando sus prácticas reiteradamente estuvieron alejadas de promover cambios institucionales de ese tipo. Se habla mucho de Chávez o de Maduro pero pocas veces se habla de qué aportó la oposición venezolana para que el país sea ese escenario “de terror” que tantas veces se anuncia.

Dejando de lado el secuestro de Chávez o intento de golpe de estado de 2002 (y los múltiples intentos de destituir violentamente al gobierno con operaciones paramilitares) también ampliamente difundidas es importante saber cómo institucionalmente la oposición al chavismo destruyó los canales democráticos de transformación.

Luego de los intentos de golpes de estado de 2002 y 2003, en 2004 Chávez ganó un referéndum revocatorio de su mandato con el 59% de los votos. Ante semejante fracasó la oposición quedó dividida y un sector decidió no participar de la elección para representantes de la Asamblea Nacional en 2005 dejando al chavismo con la mayoría absoluta en el parlamento. Cuando fue minoría la oposición venezolana decidió sabotear al parlamento.

En 2012 fue la primera vez que visité Venezuela. En la campaña para la elección interna de la oposición me sorprendió la campaña de Henrique Capriles que le ganaría ampliamente a Leopoldo López y a María Corina Machado. Su virtud era que parecía aceptar al chavismo como realidad social y política (aunque sea para rechazarla). La señal que me permitió darme de cuenta de esa operación fue escuchar un spot en el que “a lo Chávez” Capriles llegaba a proponer la “unidad latinoamericana” o mantener las misiones sociales del chavismo.

A Capriles le tocó hacer una gran elección presidencial contra Chávez en 2012 logrando crear un espacio de oposición unido y solido (la Mesa de la Unidad Democrática) pero perdió por del 10% de los votos. La posibilidad de una oposición unida y democrática duró poco. Luego de la muerte de Chávez en 2013, Maduro ganó la elección presidencial por solo el 1,5% de los votos. En esa ocasión Capriles rechazó la auditoría del proceso electoral y llamó a “descargar la arrechera” convocando a movilizar para derrocar al gobierno, lo cual obligó a militarizar Caracas para evitar más asesinatos de militantes chavistas y quemas de sedes de misiones sociales. La oposición venezolana cuando disputaba el poder voto a voto contra el chavismo tampoco fue democrática.

El hecho más reciente y más traído a colación cuando se habla de “dictadura” en Venezuela fue cuando la oposición fue mayoría. Eso se dio en diciembre de 2015 cuando ganó ampliamente las elecciones de representantes para la Asamblea Nacional. Apenas asumieron los nuevos representantes en 2016 la vocación democrática de la oposición se tiró al tacho de basura nuevamente.

Las primeras leyes establecidas luego de que se instalara la nueva Asamblea Nacional fueron: amnistiar a criminales que los opositores consideraban “presos políticos”, entregar títulos de propiedad de la Gran Misión Vivienda y declarar el abandono del poder por parte del presidente. Eran todas leyes que eran inconstitucionales o entraban en conflicto con los otros cuatros poderes del estado. El principal punto de la agenda política opositora fue sacar a Maduro del gobierno en 6 meses.

El gobierno de Venezuela (como todo gobierno) tiene responsabilidad por la situación actual que vive el país. Pero es innegable que siempre tuvo una oposición que a pesar de tener pocos o muchos votos se inclinó sistemáticamente por destruir instituciones y hacer apuestas antidemocráticas. A esta altura de los conflictos Venezuela más que un cúmulo de culpas de un lado y del otro debe servir para aprender de una situación no deseable.  

¿Qué pasa en Argentina?

Macri en 2015 hizo una operación política similar a Capriles en 2012. Su campaña, luego de identificarse con “el cambio” hegemonizando a la oposición al kirchnerismo, prometió que iba a mantener la AUH, el control estatal de Aerolíneas, Fútbol para Todos, etc. Pero durante su gobierno no solo muchas de esas promesas no se cumplieron sino que en su intento político por subalternizar al kirchnerismo apeló a la guerra mediático-judicial para destrozarlo como adversario político.

Pero la coincidencia de la oposición argentina con la venezolana no se da por los déficits democráticos de la gestión de Macri sino por cómo se oponen actualmente sus seguidores. En los últimos meses asistimos al intento de venezolanizar al país por parte de ellos.

Las convocatorias a marchas para atentar contra el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio al igual que las movilizaciones golpistas en Venezuela comenzaron como hechos aislados carentes de relevancia inmediata. Fueron movilizaciones sin masividad pero con altísima repercusión política (tanto oficialista como opositora). No fueron apoyadas explícitamente por los dirigentes hasta que lograron cierta legitimidad mediática. Son movilizaciones carentes de una demanda común (Roca, Vicentín, “liberación de presos”, “reforma judicial”, “periodistas perseguidos”, Soros, etc.) a excepción de unificarse en torno al odio al gobierno. Tampoco proponen salidas institucionales posibles (propuestas al gobierno, presentación de leyes, etc.). 

La movilización del odio en plena pandemia llevó a tensionar a la misma oposición que muestra a “los que gobiernan” y a “los que escriben en twitter”. Se trata de un juego que parcialmente podría ser útil para todos los actores políticos habilitándolos a forjar su identidad en una nueva etapa política. Pero ante una pandemia que acelera los tiempos en las últimas semanas las diferencias sobre cómo proteger a la gente entre Ciudad y Provincia se agudizaron y ese juego de oficialistas, opositores blandos y opositores duros se fue resquebrajando.

Por eso no es casual que ahora en los medios opositores se milite la salida con “mantita” a los bares en los días más fríos del año. Así es como simbólicamente se destruye el puente de diálogo que podía existir entre actores como Larreta y el frente de Todos en plena pandemia. Mientras unos militan la salida a bares otros se indignan con el mensaje de desesperación de los terapistas. Así no hay dialogo posible.

La operación de los sectores más radicales de la oposición argentina emularon a los de la oposición venezolana en todos los procesos de diálogo mediados por instituciones internacionales durante los últimos 6 años. Los bares de Palermo se transformaron en los de Chacaíto en estos días (lástima que en Buenos Aires hace un poco más de frío que en Caracas).

Pero si cabía alguna duda de los intentos de venezolanizar el país por parte de la oposición tuvimos su comprobación el último martes en el Congreso. Las manifestaciones callejeras, los símbolos y las sensibilidades se transformaron en una realidad institucional. En el pico de la pandemia el bloque de Juntos por el Cambio se presentó en la cámara de Diputados poniendo en riesgo a los trabajadores y a ellos mismos para intentar sabotear el funcionamiento de la sesión.

Pocos se van a acordar dentro de un tiempo de las leyes que se votaron o del vencimiento del protocolo de funcionamiento del Congreso. Tampoco serán recordados seriamente los fundamentos legales de lo sucedido porque lo que allí se presenció es más peligroso que cualquiera de las consecuencias legales de lo sucedido. Lo que pasó en el Congreso fue el primer intento de romper los canales institucionales diálogo por parte de la oposición.

Una amenaza a la democracia argentina

Semejante irresponsabilidad de Juntos por el Cambio no es practicada en ninguno de los lugares en los que la oposición nacional dirige parlamentos locales. El acto de manifestación en el Congreso fue presentado con una épica plagada de heroicidad al igual que todos los intentos de ruptura de diálogo que la oposición venezolana lleva adelante hace 20 años.

El diputado Waldo Wolff con el barbijo mal puesto en la cámara de Diputados.

Esta estética de la rebeldía anti-institucional que se empezó a cocinar con las movilizaciones “anti-cuarentena” y se mostró en el Congreso es el principal peligro para la democracia en Argentina actualmente. Cuando se apuesta a destruir los canales de diálogo institucional no se puede seguir hablando simplemente de “profundización de la grieta”. En este caso se entra un proceso mucho más incierto cuyas consecuencias sí se pueden parecer a las de Venezuela dónde los ataques y ofensivas del oficialismo y la oposición empiezan a saltarse las reglas del juego político existente.  

Las fuerzas de derechas y liberales en Argentina lograron construir credenciales democráticas en lo que va del siglo XXI. Hasta lograron construir un partido como el PRO y por primera vez llegaron a la presidencia por las urnas. Su habilidad política se destacaba por sobre otras fuerzas con las mismas ideologías en otros países de la región. La seriedad de su propuesta fue valorada en casi todo el mundo por haber logrado la primera gran derrota de los gobiernos progresista en la región en 2015.

En los últimos meses Larreta se perfiló como el intento de continuar con esa propuesta que le permitió al PRO ganar elecciones hasta el 2019. Pero la venezolanización de la oposición, que apuesta a venezolanizar el país, la alejan del camino de ganar elecciones y la transforman en uno de los actores más peligrosos a los que se haya enfrentado la democracia argentina desde 1983.

En 2019 en nuestro país se llevó adelante una transición política pacífica, institucional y democrática con dos espacios políticos que movilizaban masivamente y dirimían sus diferencias en las urnas. Argentina dio una lección democrática a la región mientras en Brasil gobernaba Bolsonaro, en Bolivia se llevaba adelante un golpe de estado o en Ecuador y Chile se reprimía ferozmente. La habilidad del frente de Todos debería estar centrada en evitar la venezolanización del país; no solo para cosechar buenos resultados electorales o  tener más apoyos en las encuestas sino para fortalecer a la democracia.

La estrategia política a partir de esta caracterización deberá ser audaz e inteligente, y será difícil de implementar consecuentemente. Pero el peligro amerita toda la paciencia y los esfuerzos posibles.