FEMINISMO Y ECONOMÍAEl valor del cuidado
Por Jazmín Bergel Varela y Lucía Nosseinte
Análisis

La crisis desatada tras la irrupción del COVID-19 nos obligó como humanidad a afrontar que si no podemos garantizar la vida no hay sistema económico que aguante. Sin embargo, esto no es una novedad. El movimiento feminista viene denunciando ya hace decadas la desigualdad estructural sobre la que este sistema se erige: las mujeres e identidades feminizadas son quienes sostienen la vida y así garantizan que el resto de la economía siga funcionando. Es momento de afrontar este problema, cada día más evidente: ¿cuál es el valor que le asignamos a los trabajos de cuidados, y a la vida misma?

Foto de portada: Pedro Palacios.


Esta semana la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género, a cargo de Mercedes D’Alessandro, dio a conocer un dato que las feministas sospechábamos hace mucho tiempo: el valor que produce el Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado representa un 15,9% del PBI, constituyéndose en el sector más importante de la economía. La industria y el comercio le siguen detrás. ¿Qué relevancia tiene este dato para el movimiento feminista?  ¿Significa que somos, como twitteaban algunos, “un país bananero”?

Además, durante la pandemia el peso de las tareas de cuidado aumentó a un 21,8% del PBI, mientras que otros sectores productivos presentaron fuertes caídas en sus niveles de actividad.  ¿Por qué crece la economía de los cuidados en tiempos de crisis? 

Con la imposición del teletrabajo, la presencia permanente de lxs niñxs en el hogar debido al cierre de las escuelas, y el aumento de la dependencia de las personas mayores que se ven restringidas para valerse por sí mismas, la carga de los cuidados aumentó muchísimo generando un colapso, tanto fisico como mental, en quienes cargan con la responsabilidad asignada socialmente, es decir las mujeres y personas feminizadas que realizan el 76% de las tareas de cuidado. Según un informe del Observatorio de Generos y Políticas Públicas realizado al comienzo del ASPO, un 57,5% de las mujeres que trabajan desde su casa se sienten sobrepasadas por las tareas laborales frente a un 43,6% de los varones en la misma situación laboral. A su vez, la crisis económica y social acrecentada por la pandemia multiplicó los espacios comunitarios de sostenimiento de la vida, como las ollas y merenderos populares que dan de comer a miles de personas todos los días y que también son protagonizadas por mujeres. 

Entonces, ¿tiene sentido seguir llamando economía “real” solamente a la que abarca el mercado de trabajo? Como indican las cifras, el trabajo no remunerado y feminizado ocupa un lugar fundamental en el sistema económico. Hablar de economía para nombrar sólo a un sector del intercambio de valor es invisibilizar todo el trabajo diario que se necesita para sostenerlo. Una explicación más clara de esto se puede pensar a través de la metáfora del iceberg: las tareas de cuidado invisibilizadas son la base de hielo sumergida sobre la cual se monta el resto del sistema capitalista de trabajo remunerado que se encuentra en la cima. Las economistas feministas vienen planteando hace muchos años la necesidad de poner la sostenibilidad de la vida en el centro del debate, lo cual implica poner sobre la mesa la condición vulnerable de la vida humana y su necesidad intrínseca de eco e interdependencia. Es decir: reconocer que todas las personas necesitamos del cuidado de otras en algún momento de nuestras vidas, así como también dependemos del ambiente en el que vivimos. 

El hecho de que el trabajo reproductivo y de cuidados no sea reconocido ni valorado por el sistema económico, y que además esté tan fuertemente feminizado tiene múltiples consecuencias para la vida de las mujeres e identidades feminizadas, particularmente en el acceso al mercado de trabajo. Según datos del INDEC correspondiente al primer trimestre del 2020, las tasas de empleo de los primeros meses del año muestran una diferencia de 20% entre varones y mujeres al mismo tiempo que la tasa de desempleo aumentó más para las mujeres e identidades feminizadas que para los varones, en comparación a la última medición del 2019. 

Foto: Pedro Palacios.

En el mercado informal de trabajo, las cifras empeoran. Según un informe del Ministerio de Economía, las mujeres ganan un 29% menos que sus pares varones, brecha que se amplía a un 35,6% para las asalariadas informales. Además, son ellas quienes enfrentan las tasas más altas de desocupación de toda la economía, alcanzando un 23%, y el porcentaje es especialmente alto entre las mujeres e identidades feminizadas menores de 29 años.  

Un informe del Observatorio de Géneros y Políticas Públicas (OGYPP) revela que dentro de la economía popular hay una enorme brecha entre los varones que perciben ingreso (73%) y las mujeres que lo hacen (31%), y al interior de este grupo el 56% lo hace en rubros no calificados (y peor pagos) como el trabajo doméstico, las tareas de servicio, trabajo voluntario y planes de empleo. Esto corrobora que la carga de las tareas de cuidado dentro del hogar impacta directamente en sus posibilidades de conseguir un ingreso, convirtiéndolas en el segmento más precarizado dentro del mercado laboral tanto formal como informal. 

Esto es aún más grave si tenemos en cuenta que el 63,7% de las viviendas la responsable de hogar es una mujer. La dependencia económica en la que se ven sumidas las mujeres e identidades feminizadas que quedan por fuera del mercado laboral formal exacerba su vulnerabilidad, dado que se les coarta la autonomía y la capacidad de decisión. Está situación es alarmante si consideramos los altos niveles de violencia a los que se ven expuestxs en el propio ámbito doméstico, muchas veces sin poder escapar por falta de libertad económica (según el Observatorio de violencias “Ahora que sí nos ven” en febrero de este año se produjo un femicidio cada 23hs, 59% de los cuáles fue dentro del hogar). 

Otra cuestión que ponen de manifiesto en el informe del OGYPP es que los barrios populares no están planificados para cuidar, y tampoco para cuidar y trabajar. Más de 54% de los barrios no tiene un jardín al menos a 1km a la redonda y el 89% no tiene cerca un hospital. La forma en la que se afronta este déficit en los barrios es a través de sus organizaciones, comedores y espacios sociales, que brindan servicios de cuidados accesibles para garantizar el sostenimiento de sus comunidades.

Todos estos datos muestran que la  necesidad de un sistema integral de cuidados, que  reconozca, valorice y redistribuya el trabajo, se hace cada vez más urgente. Avanzar en un proceso de desfeminización y desfamiliarización de los cuidados es clave para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Es fundamental que el Estado ponga el cuidado en el centro de las políticas públicas y promueva un sistema capaz de garantizar alternativas y servicios homogéneos y universales, y que amplíe y diversifique la oferta estatal de servicios de cuidado, pero también fortalezca los espacios de cuidado en el ámbito comunitario. Se requiere de un sistema integral y progresivo que considere tanto el derecho de las personas a recibir cuidados de calidad, como también el derecho de las personas que cuidan de realizarlo en condiciones de trabajo dignas, con sueldos acordes a sus tareas y con la valorización que merecen. De esta forma, la re-organización del sistema social de cuidados puede constituir no sólo un punto fundamental para la igualdad de género sino también un aporte muy valioso para la integración laboral de miles de personas, muchas de las cuales ya realizan estos trabajos pero de forma no remunerada. 

En este sentido, la posibilidad de que exista un salario universal impactaría de forma positiva en quienes ejercen trabajos de cuidado, mejorando su autonomía y calidad de vida. Valorar la organización social detrás de estas tareas y entender el acceso al cuidado como un derecho, frente al cual el Estado tiene mucho por subsanar, es un primer paso para pensar la sostenibilidad de la vida como una responsabilidad colectiva.