Dólar y confusiónEl mito del déficit
Por Mariano Santana
Análisis

La economista Stephanie Kelton, ex asesora de Bernie Sanders en el Senado estadounidense, publicó en junio un impactante libro de economía llamado “El mito del déficit”. Si bien Kelton se centra en el país del norte, abordar la economía estadounidense es también hablar de economía mundial. ¿Por qué? El libro se ocupa de develar con precisión quirúrgica una razón fundamental: el dólar.

El funcionamiento de la maquinaria monetaria que emite dólares está revestido de misterios y simplificaciones que dificultan su entendimiento. Kelton se propone demostrar que, detrás de la moneda que hegemoniza las relaciones globales (aproximadamente el 90% de las transacciones internacionales y el 60% de las reservas soberanas están dolarizadas), se encubre una compleja tiranía moderna que sojuzga a amplios sectores populares de EEUU y a muchos países periféricos, incluyendo el nuestro.

La autora se inscribe dentro de la Teoría Monetaria Moderna (TMM), una tendencia del pensamiento económico heterodoxo que viene ganando fuerza desde fines de los 90′. Esta teoría pretende deconstruir muchos mitos del pensamiento económico convencional. Según Kelton, el sentido común ortodoxo viene repitiendo hasta el hartazgo un cuerpo de ideas que no tiene ningún sustento en la realidad estadounidense. Entre ellas, las fábulas más importantes serían las siguientes:

·  El Estado necesita recaudar impuestos para poder invertir. Es decir, lxs contribuyentes ‘financian’ el gasto.

·  El déficit fiscal (esto es, cuando el gasto supera la recaudación) es un peligro que hipoteca a las próximas generaciones. 

· La emisión monetaria debe limitarse a ‘acompañar’ el crecimiento de la actividad productiva. Si lo excediera, generaría inflación indefectiblemente.

Un hecho crucial e incomprendido

El 15 de agosto de 1971, en plena Guerra de Vietnam, el gobierno de Richard Nixon tomó una de las medidas más trascendentales en la historia económica moderna: el abandono definitivo del patrón oro. Hasta ese momento, cada dólar era convertible en oro en una proporción fija de 35 dólares por onza (31 gramos de oro, aproximadamente). La derogación del patrón de convertibilidad implicó que este metal empezara a cotizar en el mercado como cualquier otra mercancía: según la oferta y la demanda.

Kelton sostiene que las implicancias de esta medida nunca fueron comprendidas en grado suficiente. Economistas y políticxs de diversas tendencias ideológicas siguen reproduciendo recetas de política a la medida del régimen anterior, es decir, de la vigencia de un patrón oro: estas aseveraciones no tendrían ningún asidero en el contexto actual de “independencia áurea” del dólar. Asimismo, el Nixon Shock sería uno de los principales disparadores del proceso de valorización financiera y la “economía casino” que se inicia en la década del 70’. 

El peligro del déficit fiscal y de la emisión monetaria en grandes volúmenes tenían algún sentido durante el periodo previo: si el estado no podía respaldar el circulante con la cantidad suficiente de oro, existía el riesgo de que se erosionara la credibilidad en la moneda. Tenedores inseguros de dólares podrían haber optado por trocarlos por oro, desafiando la disponibilidad de reservas concretas de este metal y forzando una devaluación del cambio fijo. En un mundo que consideraba las tenencias soberanas de oro como la última garantía de solidez monetaria, tener déficits y elevada emisión era potencialmente inflacionario y desestabilizante. 

No es casual que Vietnam fuera el telón de fondo de la medida: el patrón oro ya había sido suspendido durante el transcurso de las dos guerras mundiales. El gasto militar estadounidense en tiempos bélicos era muy abultado. Las guerras se financiaban emitiendo dólares muy por encima de la recaudación impositiva: literalmente, inventando dinero. Dado que no existía el suficiente respaldo en metálico, era preciso asegurarse de que esos dólares excedentes no se convirtieran en oro. Nixon fue más allá: transformó la situación excepcional de tiempos de guerra en el paradigma monetario que perdura hasta el día de hoy.

El dólar no tiene ancla. En 1946 se convirtió en la moneda de aceptación global y luego, en 1971, se emancipó del oro. Su valor es flotante y su emisión depende, en términos prácticos, de la voluntad de un gobierno que tiene algo muy parecido a un cheque en blanco. Al mismo tiempo, el resto de las monedas se referencian generalizadamente en una divisa cuyo único respaldo es el Estado que la emite: la economía monetaria mundial está a la deriva desde hace casi 50 años. Una deriva que no es neutral: existe un poder fáctico que fabrica, orienta y distribuye esta moneda sin rendir cuentas a la sociedad. Pero esta es sólo una parte de la historia.

La economía yanki no es el paraíso

Lejos de ser la panacea, EEUU es uno de los países ricos con peores indicadores socioeconómicos y de justicia distributiva. Llama la atención que, con semejante poder de fuego, sus sucesivos gobiernos no atiendan las demandas internas. Por citar sólo algunos ejemplos, tiene la esperanza de vida más baja de los países desarrollados de la OCDE y su tasa de mortalidad infantil es más del doble del promedio de este organismo. Además, 40 millones de estadounidenses viven debajo de la línea oficial de pobreza y 25 personas físicas concentran tanta riqueza como el 56 por ciento de la población del país

Estados Unidos somete a buena parte del mundo a un régimen de dominación imperial y, al mismo tiempo, reproduce una lógica similar hacia su interior. Sin ir más lejos, la principal potencia mundial se encuentra actualmente atravesando un clima de tensión multidimensional:

·  Una pandemia que no logra ser controlada, cuya trayectoria futura es incierta, y que convive con un sistema de salud excluyente y elitista.

·  Una economía que, aunque en vías de recuperación, demostró extrema fragilidad ante la emergencia epidemiológica (el desempleo alcanzó un piso de 14,4% en abril).

·  La inminencia de una de las elecciones presidenciales más polarizadas de su historia (cuyo “normal desarrollo democrático” no está garantizado).

·  Una perpetua segregación racista que encontró nuevas resistencias al calor del movimiento Blacks Lives Matter (con una convulsión social comparable al movimiento de los derechos civiles de los 50′ y 60′).

Derribando mitos

“El mito del déficit” desnuda implacablemente el sistema monetario estadounidense y su despotismo interno y externo. De forma llana y comprensible para el público no especializado, describe en detalle la manera en que el gobierno de ese país, en articulación con el Congreso, crea los dólares de la nada para afrontar los gastos que considera necesarios, pagar sus deudas y nutrir de liquidez al sistema bancario. Esos mismos dólares que luego se desparraman hacia el resto del mundo por vías comerciales y financieras, generando relaciones de dependencia y subordinación. 

Kelton enumera y desecha uno por uno los argumentos fiscalistas que restringen la inversión con perspectiva social con la excusa de no contar con recursos tributarios suficientes. De forma análoga, sostiene que los impuestos nacionales no cumplen ninguna función financiera: sólo sirven para redistribuir la riqueza o para castigar ciertas conductas. El gobierno federal no necesita dólares que puede inventar apretando el botón de una computadora. Primero, gasta con altísimo grado de discrecionalidad y, luego, recauda impuestos para redistribuir. Los contribuyentes solamente pagan, no financian nada. Esto último no aplica para entes subnacionales, como los estados o condados (equivalentes a provincias y municipios), cuya recaudación sí cumple un rol presupuestario.

Kelton sostiene que el mito del déficit es tan sólo un argumento político del establishment para perpetuar una situación de extrema inequidad social que castiga a buena parte de los sectores populares estadounidenses, genera vínculos imperiales con el resto del mundo y premia exorbitantemente a unos pocos. El déficit demostró no ser ningún impedimento cuando se trató de la guerra, la carrera espacial o el salvataje a los bancos en la crisis de las hipotecas de 2008. De la misma manera, no existe ninguna restricción financiera para que el gobierno de EEUU emprenda una política de desarrollo humano integral: garantía de empleo, educación pública de calidad, inversión en energías renovables, infraestructura comunitaria, un sistema de seguridad social más justo, una economía del cuidado ni tampoco de creación de lazos financieros solidarios con el resto del mundo. Lo puede hacer mañana mismo.

Kelton y la TMM proponen volver a la economía real. El problema no son las finanzas sino los recursos reales. Por ejemplo, implementar un sistema de salud universal implica disponer de mano de obra (profesionales de la salud, administratives, ingenieres civiles, albañiles) y bienes concretos (energía, materia prima, insumos, aparatos, maquinaria de construcción). Para un Estado que tiene la facultad de inventar el medio de cambio, la inversión pública es un acto de voluntad cuya efectividad radica en la aceptación de su moneda y en la disponibilidad de instrumentos reales. Según Kelton, el problema inflacionario sólo aparece cuando la utilización de los recursos está en el límite de sus posibilidades, algo que estaría muy lejos de producirse.

Argentina y el patrón dólar

Por razones de extensión, dejé fuera de esta reseña la compleja relación comercial entre EEUU y China, que Kelton también describe con mucha lucidez. El libro es revelador: merece su lectura y difusión. La dificultad radica en que las mayores conclusiones aplican, fundamentalmente, en la situación puntual de EEUU y un grupo de países desarrollados con “soberanía monetaria”. Como sostiene Matias De Lucchi en esta nota, es necesario profundizar las implicancias específicas de la TMM en las naciones no hegemónicas, aquellas cuyos Estados son usuarios y no fabricantes de divisas. Es decir, debemos construir una teoría con anteojos de tercer mundo. 

En buena medida, para países como Argentina, la circunstancia actual es comparable al régimen del patrón oro: el peso necesita un respaldo en reservas de dólares para justificar su valor, de la misma manera en que el dólar se escudó en las tenencias soberanas de oro hasta 1971. La diferencia es que el principal respaldo moderno no es una mercancía: no se puede producir ni encontrar excavando en una mina. Se obtiene en intercambios comerciales y financieros desiguales y sólo lo puede emitir la Reserva Federal de los EEUU.

A pesar de estos limitantes, el libro nos deja enseñanzas que merecen la pena ser consideradas. Existe un margen de libertad para llevar adelante políticas de inversión pública que eviten los lugares comunes de los principios de austeridad y de déficit cero. Nuestra restricción actual es la escasez de dólares: el Estado argentino no tiene restricciones en pesos. Cada peso que circula es un problema en la medida en que presione la demanda de otras divisas, fundamentalmente dólares. Habrá que explorar y llevar hasta el límite estas pocas oportunidades de desarrollo, identificar las verdaderas restricciones, hacer un uso soberano de nuestra moneda y, al mismo tiempo, alentar en el plano internacional un nuevo orden monetario que descomprima el fulminante poder de monopolio del gobierno de EEUU.