Estados Unidos y el mundo¿Con Biden EE.UU. va a volver a liderar?
Por Lucas Villasenin
Análisis

La vuelta al gobierno de los demócratas en Estados Unidos reabre el tablero geopolítico global. ¿Qué plantea y qué puede hacer Biden en este contexto? ¿Qué puede pasar en la confrontación con China? ¿Qué desafíos se abren para América Latina?

Foto de portada: AP-Carolyn Kaster

En la edición marzo-abril de 2020 de la revista Foreign Affairs, Joseph  Biden publicó lo que sería su propuesta para la política internacional en caso de llegar a la Casa Blanca. “Why America Must Lead Again” (Por qué Estados Unidos debe volver a liderar) era el título de aquel artículo.

En ese texto Biden hace una enumeración de las consecuencias de la gestión de la política internacional por parte de Trump señalando que: la influencia de Estados Unidos ha disminuido, se ha abandonado a aliados estratégicos en asuntos ligados a Corea del Norte, Irán, Siria, Afganistán o Venezuela y se impuso un desarme diplomático norteamericano en asuntos globales. Biden critica la guerra comercial con China y el proteccionismo, el abandono de acuerdos (como el Acuerdo Climático de París o los acuerdos de no proliferación nuclear) e incluso rechaza la política migratoria trumpista.

Biden en su documento asume que no va firmar grandes acuerdos de libre comercio que vayan en contra del medioambiente o los derechos laborales. En los hechos, es un reconocimiento del fracaso de la estrategia del “pivote a Asia” que impulsó el fracasado Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) durante la gestión de Obama y favoreció a Trump en la elección de 2016.

El político demócrata concluye que “no hay tiempo que perder”, haciendo referencia al trabajo del próximo gobierno para reconstruir el liderazgo norteamericano y apoyar a sus aliados. Su objetivo sería hacer triunfar a “la democracia” y al “liberalismo” sobre el “fascismo y el “autoritarismo” creados en el “mundo libre”. Biden promete realizar en el primer año de su gobierno una “Cumbre Global por la Democracia” para renovar el espíritu del “mundo libre” incluyendo a países y a las “organizaciones de la sociedad civil”.

La propuesta de Biden no difiere del espíritu impulsado en los gobiernos de Obama por relanzar el globalismo con predominio estadounidense luego de la crisis de 2008. Aunque es preciso tener en cuenta que las instituciones y el orden global llevaron muchos años de construcción. Entrar al sistema no ha sido fácil para países como China y tampoco ha sido fácil salir para quienes lo intentaron (incluso para Trump). Ahora, Estados Unidos se enfrentará al  inédito desafío de intentar liderar el orden global luego de haber intentado salir de él durante cuatro años.

Las diferencias de contexto respecto del gobierno de Obama no son pocas: la debilidad local de Biden ante un país bloqueado por una gran fractura política y cultural lo obligan, por cierto, a priorizar el orden interno; el desarme diplomático de Trump a nivel global no se reconstruye en unas semanas, y la pandemia del Covid-19 lleva a la globalización a una crisis sin precedentes en la historia. Desde este punto de vista, la pregunta pendiente de resolver en los próximos años es: ¿estamos ante un intento de liderazgo global norteamericano aún más audaz que el impulsado en otras épocas o ante un proyecto plagado de ingenuidades anacrónicas?

China: más problemas, menos soluciones

El intento de la gestión de Obama para frenar el desarrollo de China, mediante el “pivote a Asia”, fracasó. Trump lo enterró y China continuó avanzando en su crecimiento económico, garantizando mejores niveles de vida a sus habitantes y logrando mayor protagonismo internacional. Ahora Biden parece buscar continuar la confrontación abierta por la gestión de Trump, tal vez no tan focalizado en el aumento de aranceles o los acuerdos comerciales, sino abriendo nuevas agendas conflictivas.

Uno de los pocos datos realistas que asume Biden en su caracterización es que durante los últimos años Estados Unidos está perdiendo respecto a China en la disputa tecnológica. Reconoce que hay atraso en tecnologías como el 5G, trenes de alta velocidad, inteligencia artificial, o el desarrollo de energías limpias. El presidente electo de Estados Unidos menciona también el desafío de volver a liderar en ese terreno y enfrentar a China.

Joseph Biden junto a Xi Jinping en febrero de 2015 en la Casa Blanca.

En su documento Biden hizo referencia a la necesidad de sanciones a las empresas tecnológicas que colaboran con la “represión en China”. Esta vez la agenda de “derechos humanos” norteamericana parecería ser una excusa más para atacar a empresas como Huawei, ZTE, Xiaomi, etc. Además de los anacrónicos argumentos sobre el uso de patentes o la “seguridad nacional” que ya usa Trump, los “derechos humanos” se pondrían al servicio de la disputa por el desarrollo tecnológico.

Biden también acusa a China de ser el principal emisor de carbono del mundo y de subsidiar la contaminación con su “Iniciativa de la Franja y la Ruta”, lo cual alcanza niveles de cinismo e hipocresía enormes. Según los últimos datos sobre emisiones de carbono per cápita, un habitante de Estados Unidos emite más del doble de carbono que uno de China. Pero más allá de semejante cinismo, la hipocresía es mayor cuando Estados Unidos recientemente se ha retirado del Acuerdo Climático de París. Mientras Trump negó el cambio climático durante los últimos años, Xi Jinping no solo ha firmado el Acuerdo Climático de París sino también se ha comprometido a lograr una huella de carbono neutral para el año 2060. Y además, China ya se ha convertido el mayor inversor global en fuentes de energía renovables.

Habrá temas que también volverán o seguirán en el centro de la disputa, ligados a las minorías étnicas de China, a Taiwan, a Hong Kong, al mar de China meridional o a Corea del Norte. La estrategia de Biden, en lugar de bajar las tensiones, parece profundizar los conflictos abriendo nuevos asuntos de la agenda o reinstalando temas conflictivos que habían perdido relevancia. También dará menos lugar a la confrontación personal con Xi Jinping y abrirá el conflicto a más actores (a los países de la OTAN, a agencias del Estado norteamericano, a ONGs vinculadas a los derechos humanos y al ambientalismo, etc.).

La ventaja coyuntural para el resto del mundo puede ser que las tensiones comerciales bajen y afecten menos a la economía global. Pero conflictos más grandes pueden abrirse si Estados Unidos continua en su lógica beligerante propia de la guerra fría, dividiendo al planeta entre un “mundo libre” amigo de Estados Unidos y tildando de “autocracias” a los países que no coinciden con sus valores o no reconocen su liderazgo unilateral.

Lo que es innegable es que la estrategia globalista norteamericana enfrentando a China fracasó. Hace 5 años las principales propuestas de integración global pasaban por grandes acuerdos de libre comercio como en TPP o el TIPP (entre Estados Unidos y la Unión Europea). En aquél entonces la Iniciativa de la Franja y la Ruta era un proyecto limitado a algunas zonas de Asia, África y Europa. Desde 2015 más de 80 países se han sumado al Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (para impulsar la Iniciativa) y eso es muy difícilmente tenga marcha atrás. Biden deberá aceptarlo o dar una batalla contra los hechos consumados, quedando seguramente en ridículo y poniendo en riesgo a la economía global.

América Latina: entre el autoritarismo y la democracia

En su artículo, Biden casi no nombra a América Latina salvo para “integrar una red más amplia de democracias y aprovechar las oportunidades de cooperación” o para nombrar a Venezuela como una amenaza. La poca relevancia de América Latina en su propuesta para la política internacional tal vez tiene que ver con que su retórica belicista, que divide entre países democráticos y autoritarios, no es útil para sus argumentaciones.

El principal aliado de Estados Unidos en la región hoy se llama Jair Bolsonaro y sus credenciales democráticas son muy escasas, mientras que Estados Unidos desde la OEA jugó un rol fundamental para que se lleve adelante y se sostenga la dictadura presidida por Jeanine Añez en Bolivia. Además de los problemas que trae América Latina para la cosmovisión liberal de Biden, hay problemas más serios que deberá enfrentar.

Barack Obama junto a Mauricio Macri en marzo de 2016 en Buenos Aires.

Obama en su última gestión intentó reforzar el protagonismo norteamericano en la región para contrapesar el avance de gobiernos antiimperialistas y el potencial de la presencia china con inversiones estratégicas. Un símbolo de su apuesta política fue su visita a Macri en marzo de 2016, cuando culminaba su mandato intentando realinear a la región. Lo que pasó con Trump está más fresco en la memoria: recrudecer el conflicto en Venezuela, endeudar a la Argentina o Ecuador como parte de un alineamiento automático, apoyar el golpe en Bolivia y transformar a Trump en el referente de la ultra derecha regional liderada por Bolsonaro.

Como ya señalamos, Biden volverá a intentar regresar a las aspiraciones de la gestión Obama, pero después de Trump el mundo ya no es el mismo. Hoy Luis Almagro preside la OEA, bancado por Estados Unidos, luego de ser uno de los principales protagonistas del golpe de Estado en Bolivia. Desde septiembre, el trumpista Mauricio Claver-Carone preside el Banco Interamericano de Desarrollo, rompiendo con la tradición diplomática de que el organismo debe ser dirigido por un latinoamericano. Semejante descredito “democrático” y papelón diplomático no serán gratuitos ni resueltos con un cambio de mando en Washington.

Además, los años de Trump dejan con escasos “aliados naturales” a Biden en Sudamérica. Bolsonaro perdió junto a Trump en las elecciones en Estados Unidos, presidentes más “amigables” como Piñera, Vizcarra, Moreno o Duque están pensando más en cómo irse del gobierno o sobrevivir hasta que pronto finalicen sus mandatos. La vuelta del MAS al gobierno en Bolivia, junto al gobierno de Todos en Argentina, la supervivencia de Nicolás Maduro en Venezuela y las expectativas de cambio abiertas para las próximas elecciones en Ecuador y Chile llevan a Biden a moverse en un escenario muy complejo para sus aspiraciones.  

El nuevo gobierno norteamericano tendrá que reconocer los errores de Estados Unidos con la gestión de Trump y asumir que tampoco puede seguir alimentando a las derechas como en los últimos años de la gestión Obama. O, como es más probable que suceda, abrirá una situación en la cual quedará encerrado entre los discursos de odio de Bolsonaro (rechazados por los demócratas norteamericanos) y la progresiva pérdida de protagonismo en la región.  

Lo que es indudable para América Latina es que la derrota de Trump lleva a que haya menos apoyo para figuras fascistas como Bolsonaro, lo cual simultáneamente favorece a los gobiernos progresistas y a los procesos democráticos en curso. Queda pendiente de resolver en los próximos años si el desarrollo de estos procesos nos conduce a avanzar en una integración que habilite un dialogo consistente de la región con los grandes actores globales, superando así la balcanización a la que nos han llevado las derechas locales avaladas tanto por los demócratas en los años de Obama como recientemente por el trumpismo.