Elección en ChileChile: un ballotage anunciado y un futuro indefinido
Por Lucas Villasenin
Análisis

La elección presidencial de este domingo dejó como ganador a José Antonio Kast con el 27,9% de los votos. Pero deberá enfrentar en la segunda vuelta a Gabriel Boric, que obtuvo el 25,8% el próximo 19 de diciembre.

Esta elección para elegir presidente expresó las tensiones del nuevo Chile que nació en las calles en 2019, cuando se dio el proceso de movilización social más importante de su historia reciente. Esas movilizaciones que pedían la renuncia de Piñera dieron lugar al comienzo de un proceso constituyente que hoy está en curso y era impensable hace pocos años.

La decisión ampliamente mayoritaria de un año atrás de cambiar la Constitución y la elección que replegó a la derecha a una minoría de la Convención Constituyente en mayo, parecen haber quedado lejos del resultado del domingo donde la extrema derecha ha ganado la elección. Chile parece graficar a la perfección el lema gramsciano en dónde lo nuevo no termina nacer y lo viejo no termina de morir. Un país que mayoritariamente expresó su rechazo a la Constitución pinochetista ahora deja como ganador a un candidato que ni siquiera reconoce la existencia de una dictadura en el pasado de su país.

El resultado electoral lleva a Chile a un ballotage en el que se dirimirá el futuro entre dos candidatos con miradas sumamente contrapuestas sobre su historia, las movilizaciones de los últimos años, el futuro de la Convención Constituyente, el reconocimiento de la plurinacionalidad, el proyecto económico a seguir y una larga lista de etcéteras.

¿Quiénes ganaron y quiénes perdieron?

Aunque el clivaje izquierda-derecha tiene su relativa eficacia en Chile, el más adecuado para visualizar a los ganadores y perdedores de la primera vuelta de la elección presidencial es el que divide a los actores políticos entre lo viejo y lo nuevo. Ni Kast, ni Boric, ni Parisi (que alcanzó el tercer puesto con el 12,8%) pertenecen a los partidos tradicionales que gobernaron el país durante las últimas tres décadas. Ni la Democracia Cristiana, ni el Partido Socialista, ni la UDI, ni Renovación Nacional o las coaliciones de centro izquierda o derecha que estos partidos armaron en las últimas elecciones tienen ya la posibilidad de gobernar desde el próximo año.

Para entender también esta elección como una continuidad del proceso abierto con las movilizaciones de octubre de 2019 es importante resaltar que los partidos tradicionales han sido los principales derrotados del proceso electoral. Hay una clara desarticulación de la dinámica política que hizo de Chile un país en el que se alternaban gobiernos como los de Bachellet o Piñera en base a consensos relativamente establecidos en la democracia pospinochetista, entre los que predominaban las políticas económicas neoliberales.

Sebastián Sichel y Yasna Provoste, que quedaron en cuarto y quinto lugar respectivamente, fueron las caras del declive de los partidos tradicionales que ya en esta primera vuelta no solo tuvieron una migración de votantes hacia Boric y Kast, sino también de varios dirigentes partidarios de sus coaliciones.

A pesar de los cambios en la política chilena, estos dirigentes que representan a los partidos tradicionales, siguen brindando una alta dosis de la previsibilidad. Provoste señaló en la misma noche del domingo que: “no puede haber una voluntad neutra”. Reconoció haberse comunicado para felicitar a Boric y declaró que en la segunda vuelta hará lo posible para frenar al fascismo representado en Kast. Por el otro lado, Sichel felicitó a Kast y dijo que no va a votar a Boric. Se demostró dispuesto a conversar con Kast y a unir fuerzas contra lo que denominó la “izquierda extrema”.

Kast y Boric fueron los ganadores de una elección que demuestra un Chile más fragmentado electoralmente que nunca antes. Ambos representan un país distinto al de los últimos treinta años pero ninguno podrá ganar la elección sin buscar apoyos de los partidos tradicionales, que cuentan con mayor presencia territorial que el Partido Republicano o los que integran Apruebo Dignidad. Además, no hay que perder de vista que los partidos tradicionales gobiernan la mayoría de las regiones, las alcaldías y serán imprescindibles para construir mayorías en las cámaras de diputados y senadores.

La institucionalidad chilena en los espacios que aún predominan los partidos tradicionales quizás pueda adaptarse con relativa facilidad al resultado electoral de diciembre. Pero aunque eso suceda, no se tratará más de un país con la estabilidad institucional destacada por numerosos analistas durante las últimas décadas. En Chile hay una Convención Constituyente funcionando y los planteos que allí predominan tienen en Kast a un adversario frontal. El candidato de la ultra derecha chilena no ahorró ataques al funcionamiento de la Convención y a su presidenta, la profesora mapuche Elisa Loncón.

Cambio o reacción

Kast no representa el cambio ni la continuidad. Tal vez esa haya sido su virtud electoral. Sus posiciones que negaban las torturas de la dictadura de Pinochet, su definición anti-derechos de las mujeres y las diversidades de género, su defensa acérrima de las políticas neoliberales, su apoyo a la represión de los carabineros o la exaltación de la xenofobia en contra de los migrantes, le permitieron en un momento de crisis de la política chilena articular una candidatura definidamente de derecha. Su campaña y sus posicionamientos en los debates tuvieron en Boric a su principal adversario. Esa definición, tomada hace dos meses cuando Sichel aún era el candidato favorito de la derecha para enfrentar a Boric, resultó acertada. Se ganó los votos de quienes vieron a los y las protagonistas de las protestas de 2019 como si fueran alienígenas, o de quienes temen a los cambios que proponen los y las convencionales constituyentes.

A diferencia de la derecha ligada al gobierno de Piñera, que llegaba a la elección balbuceando y desfigurándose políticamente día a día, Kast le propuso a la sociedad chilena que se atreva a defender los valores más reaccionarios. Un problema que se le plantea de cara a la segunda vuelta al candidato más radical de la derecha es capturar los votos más moderados. Por esa razón en su discurso pos-electoral renunció a la presidencia del Partido Republicano y apeló a los partidos de la derecha tradicional, aunque mantuvo su discurso beligerante y planteó el dilema “libertad o comunismo” para la segunda vuelta.   

La biografía de Boric representa claramente el cambio de Chile respecto a los últimos treinta años. No solo es el candidato más joven sino que fue uno de los líderes estudiantiles de las movilizaciones de 2011, construyó su carrera política desde partidos independientes que no participaron de ningún gobierno previo y también fue un actor clave para la conformación de la Convención Constituyente en el acuerdo con el gobierno en noviembre de 2019. Desde que ganó la primaria de Apruebo Dignidad, derrotando a Daniel Jadue del Partido Comunista, se instaló como el candidato favorito para llegar a gobernar desde la Casa de la Moneda, expresando el cambio que la mayoría de los chilenos y las chilenas habían expresado hace un año, cuando decidieron terminar con la Constitución pinochetista.   

A diferencia de Kast, que identificó claramente como blanco de sus ataques al “comunismo extremo” representado por Boric y Apruebo Dignidad, Boric no hizo lo mismo. Por momentos su adversario principal estuvo en los partidos tradicionales que gobernaron los últimos treinta años, para dirimir el voto progresista con candidaturas como las de Provoste o Enríquez Ominami, en otros momentos antagonizó con el gobierno de Piñera y la progresivamente escuálida candidatura de Sichel y, finalmente, ya cuando Kast se posicionó como la alternativa de derecha, debió defenderse de sus fake news y atacarlo. Para Apruebo Dignidad, el resultado de este domingo quedó con gusto a poco, pues sus expectativas de ganar eran aún altas.

En su discurso pos-electoral, Boric llamó a “la unidad de los demócratas” apelando directamente a la amenaza que Kast representa. Seguramente en su campaña venidera será clave encender las alarmas que movilicen al electorado que hace más de 30 años le dijo “No” a la dictadura de Pinochet y hace un año le dijo “Sí” a una nueva constitución. “Frente a la intolerancia y la discriminación ni un paso atrás”, fue una de las frases más resonantes de su discurso.

Desde 1993 en Chile siempre hubo ballotage en las elecciones presidenciales. Y siempre ganó en la segunda vuelta el o la que había ganado en la primera. Ese dato estadístico, que favorece a Kast, tendría mayor valor si en este caso se repitieran mínimamente las condiciones de las elecciones anteriores, donde dos grandes coaliciones, con partidos históricos y sólidos, prácticamente se repartían la totalidad de la representación electoral. Pero ese Chile ya no existe.

Antes podía entenderse a la segunda vuelta como una continuación de la primera. Pero ahora se abre una fase distinta del proceso electoral y quien mejor la interprete será el que llegue a la presidencia. En un momento de rearticulación histórico de la representación política, con el agregado de que el voto no es obligatorio -hubo un 47,34% de participación-, las diferencias en cantidad de votos entre Kast y Boric son pequeñas. En este contexto tampoco es suficiente sumar el apoyo de los candidatos y candidatas que quedaron afuera de la segunda vuelta, ni necesariamente hacer un ejercicio de sumas y restas resulta determinante.

En 2013 en el ballotage hubo menos participación que en la primera vuelta y en 2017 fue al revés. En ambos casos en la primera vuelta Bachellet o Piñera habían ganado por más de 10% de diferencia. En el próximo ballotage no hay reglas ni precedentes que permitan determinar claramente si una mayor o menor participación favorecerá a uno u otro candidato. La clave evidentemente pasará más que por especulaciones, apoyos y cálculos, por la capacidad de movilización del electorado propio y de aquellos que rechazan al adversario. El próximo 19 de diciembre cambio o reacción será el dilema que definirán los y las chilenos.