Redes socialesAlgoritmos: apocalípticos e integrados
Por Antonio Colicigno y Mauro Brissio
Análisis

El descubrimiento del filtrado algorítmico que subyace en el interior de las redes sociales ha comenzado a poner en tela de discusión cuáles deben ser las categorías de análisis para discutir el fenómeno en cuestión. ¿Debemos sumarnos a esa búsqueda de convenciones en los términos dicotómicos a los que estamos acostumbrados o, por el contrario, tenemos que denunciar que en cualquier de los casos se atenta contra los consensos que la comunidad necesita para estar organizada?

Foto de portada: PixBay

Así como hace unas décadas el libro escrito por el semiólogo italiano, Umberto Eco, cuyo título fue Apocalípticos e integrados (1964) venía a traernos la discusión sobre si la sociedad de la cultura de masas debía constituirse como un hecho benévolo al permitir que el sector subalterno acceda a la cultura o, por el contrario, debía considerarse como una nueva forma de control de la elite dominante al estandarizar las preferencias del público consumidor;  hoy nuevamente nos encontramos frente a un fenómeno que vuelve a dividir las aguas. 

Más allá de los planteos optimistas y pesimistas esgrimidos en ese libro de lectura obligatoria al que hicimos referencia, consideramos que estamos frente a una nueva problemática que comienza a surgir a la luz del filtrado algorítmico que yace en el interior de las redes sociales y que construye mundos que encajan como una pieza de tetris con nuestras preferencias. 

Muchos han visto el reciente documental que publicó Netflix, El dilema de las redes sociales, que puso en evidencia cómo las redes sociales son un gran negocio, una gran fuente de adicción para sus usuarios pero, por sobre todas las cosas, cómo nuestras decisiones están sujetas a un algoritmo que personaliza la información que recibe de cada individuo y lo introduce en una burbuja virtual adaptada a sus gustos. 

Alarmante. Ahora que tenemos su atención se preguntará: ¿cómo funciona el algoritmo? La lógica es la siguiente, el algoritmo nos ofrece “mundos cognitivamente cómodos”. Nos recomienda seguir páginas, incluirnos en grupos o añadir personas que encajan con nuestro perfil de comportamiento, es decir, con nuestra ideología. Los algoritmos de las redes sociales fueron diseñados para que le prestemos mayor atención a aquellas publicaciones e historias que mayor cantidad de likes tienen, pero no cualquier publicación, sino solo aquellas que vienen a reafirmar lo que “yo” pienso. 

La pregunta que nos hacemos es: ¿Tenemos una postura apocalíptica o integrada sobre este conjunto de instrucciones y soluciones preestablecidas que circulan en las redes en forma de códigos binarios? Si bien de a poco comienzan a generarse los espacios que pretenden reflexionar sobre esta cuestión, nosotros decidimos categorizar esta dicotomía en «mundos amigables» y «mundos crueles» para aportar un granito de arena a la discusión que se viene. 

Por un lado, la categoría de los «mundos amigables» ―la versión más integrada y naif del fenómeno― sostiene que el algoritmo filtra los problemas más grandes e importantes para que queden fuera de nuestro radar. Es el mundo en el que nos entretenemos viendo a las celebridades disfrutando junto a sus hijos de las playas paradisíacas del Caribe, practicando deportes extremos o consumiendo comidas exóticas. Lo que no nos dice esta vertiente del fenómeno observado es que al mismo tiempo que nos divertimos con lo que el algoritmo quiere, éste desecha las historias desagradables de los niños o niñas que se están muriendo de hambre o las del aumento de la explotación infantil. Acá todo es alegría y felicidad, todos somos amigos porque compartimos un mundo en el que tenemos los mismos gustos, no hay lugar para la tristeza ya que las desigualdades del capitalismo quedan condenadas al ostracismo de la burbuja virtual. 

Imagen: PixBay

“La burbuja de filtros bloqueará a menudo aquellos aspectos de nuestra sociedad que sean complejos o desagradables, con independencia de que sean importantes. Y no solo van desapareciendo las cuestiones en sí. Cada vez más, lo que desaparece es la totalidad del proceso político” sostiene Eli Pariser. Luego agrega: “uno de los efectos colaterales más inquietantes del síndrome del mundo amigable es que algunos problemas públicos importantes desaparecerán”.  

Por otro lado, tenemos los «mundos crueles», que se parece al síndrome del mundo cruel de George Gerbner, quien, a partir de análisis sobre los consumos culturales de la violencia en la televisión, llega a la conclusión que las personas que más tiempo le dediquen a la televisión, suelen ser las más propensas de creer que la ciudad en la que viven ―en la realidad― es igual o más violenta de lo que realmente es. Ese mundo cruel y violento que antes se representaba en la pantalla chica, hoy se traslada al interior de las redes sociales generando microclimas de opinión en los que se comparten emociones negativas. 

El problema de estos «mundos crueles» es que están condenados a involucionar ya que solo pueden generar intolerancia hacia el que piensa distinto porque no ven más allá del horizonte autoritario que su ideología les permite. Los usuarios que viven en estos mundos de odio se sienten cognitivamente cómodos insultando y descalificando porque es el modo que encuentran para vehiculizar su rechazo a todo lo que sea distinto. 

Más allá de que el filtrado esté para entretenernos o expresar nuestro odio, la cuestión está en entender que en cualquiera de los dos mundos lo que vemos es que cada vez nos encontramos más lejos de la aldea global de Marshall McLuhan y más cerca de las sociedades hiperfragmentadas, dónde lo individual se impone con mayor ímpetu sobre lo colectivo impidiendo los consensos que la comunidad necesita para estar organizada.

El tiempo que viene nos exige ser ciudadanos críticos de este sistema cibernético en el que vivimos. La ciudadanía responsable sin duda estará íntimamente relacionada con la construcción de sujetos que puedan reconstruir sentido a partir de entender los funcionamientos del propio sistema. La libertad pasará por esa construcción crítica, sino seremos casi objetos pasivos, confundidos periódicamente por campañas manejadas por esos algoritmos. Luchemos por no estar “ni apocalípticos ni integrados”, tal como sostiene el autor chileno Martín Honpenhay.